LA GUERRA DEL ASIENTO

 

 

 

En 1731 habían surgido diferencias y roces entre España y la república de Génova. La corona española estaba resentida por la conducta de la ciudad italiana, cuyo gobierno retenía 2.000.000 de pesos que debía devolver a España. Se trataba de un depósito que la Real Hacienda española había realizado con anterioridad como garantía en una cuestión de asiento de galeras. A principios de 1732 se le ordenó a Lezo que se dirigiese a Génova con seis navíos y recuperase los caudales.

 

Ante Génova, y a pesar del tenso clima existente, Lezo ordena a sus barcos arbolar la bandera de guerra, penetra decididamente con su escuadra portando bandera real en la popa en señal de hostilidades y llegado al puerto lo primero que hizo, situado frente al palacio de los Doria, fue presentar una firme queja a las autoridades en estos términos: a la llegada de su escuadra no se habían dado las salvas de ordenanza al pabellón real de España. Con un par.

Génova y su puerto en una obra que representa el bombardeo fracés de la plaza en 1684.

Musei del Mare, Génova.

En consecuencia, Lezo exigió que, como reparación, se hiciesen honores extraordinarios a dicho pabellón que él izaba en la popa de su navío y, ya que no se habían hecho ninguna clase de honores en su momento oportuno, las salvas debían ser redobladas.

 

También exigió la plata que se retenía indebidamente, enviando al efecto un mensaje al Banco de San Jorge para que entregasen en dinero.  El asunto de la exigencia del dinero fue comunicado rápidamente al Senado genovés, sorprendido por la presencia imprevista y amenazante de esos barcos anclados allí. La respuesta genovesa fue dar largas y retrasar el pago. Decían que había que ampliar el plazo y se comprometían a efectuar el abono en un mes, tiempo que, según los genoveses, necesitaban para recaudar el dinero.


Pero Lezo no tenía un pelo de tonto: aceptó que subiesen a bordo de su navío unos comisionados con el fin de parlamentar directamente con representantes del Senado. Una vez a bordo, los comisionados daban evasivas buscando el modo de eludir la cuestión, ante lo cual Lezo les dirigió al reloj de arena, le dio la vuelta, les dijo que él les daba de plazo hasta que cayese el último grano de arena y transcurrido dicho plazo, si no habían entregado el dinero, su escuadra rompería el fuego contra la ciudad hasta dejarla plana.

 

Génova no creía que el español se atreviese a tanto, pero acabó de convencerles el hecho de que, transcurrido poco tiempo Don Blas ordenó a todos sus navíos abrir las portas y asomar las bocas de los cañones. Cundió la alarma por la ciudad. Ante la decidida actitud de Blas de Lezo, a quien los comisionados pensaban que iban a convencer con subterfugios, rápidamente se hizo el saludo de honor exigido con una banda de música llevada precipitadamente al puerto y las salvas de disparos de honor; y de inmediato se entregaron los 2.000.000 millones de pesos que, perteneciendo a España, estaban retenidos indebidamente en el Banco de San Jorge.

 

De este dinero se entregó 500.000 pesos al ejército del infante don Carlos, en Italia, y se utilizaron los 1.500.000 pesos restantes para sufragar los gastos de la expedición que se estaba preparando para la reconquista de Orán, plaza que había sido perdida en 1708 en el marco de la Guerra de Sucesión. Lezo llevó ese dinero a Alicante para tal fin.

 

La vida de ese pasaitarra -mucho me sorprendería que figure en los libros escolares vascos, aunque todo puede ser- parece una novela de aventuras: combates navales, naufragios, abordajes, desembarcos. Luchó contra los holandeses, contra los ingleses, contra los piratas del Caribe y contra los berberiscos. En cierta ocasión, cercado por los angloholandeses, tuvo que incendiar varios de sus propios barcos para abrirse paso a través del fuego, a cañonazos. En sólo dos años, siendo capitán de fragata, hizo once presas de barcos de guerra enemigos, todos mayores de veinte cañones, entre ellos el navío inglés Stanhope. En los mares americanos capturó otros seis barcos de guerra, mercantes aparte. También rescató de Génova un botín secuestrado de dos millones de pesos, y participó en la toma de Orán y en el posterior socorro de la ciudad. Después de ésas y otras muchas empresas, nombrado comandante general del apostadero naval de Cartagena de Indias […]

El vasco que humilló a los ingleses. Arturo Pérez-Reverte. 2010.

 

En la expedición a Orán arbolaba Blas de Lezo su insignia en el navío Santiago (60 cañones). Este navío era ya puramente español: se había construido y botado en Guarnizo en 1729 siguiendo los diseños del gran Antonio Gaztañeta, siendo sus maestros constructores Cipriano Autrán y Pedro Boyer. La política de reconstrucción naval empezaba a dar sus frutos. La escuadra estaba al mando del veterano teniente general Francisco Javier Cornejo, embarcado en el navío San Felipe (80), siendo Lezo el segundo comandante.

 

Además de los barcos de guerra zarparon hacia Orán muchos otros buques de transporte llevando tanto las tropas de tierra (30.000 hombres) al mando del duque de Montemar como la artillería necesaria (168 piezas).

 

La escuadra puso proa a la costa africana el 15 de junio de 1732 y, tras una navegación con dificultades, incluyendo el retraso de una semana fondeados en cabo de Palos debido a la falta de vientos propicios, llegó a Orán el día 28. Al día siguiente, con la protección del fuego de los cañones de los buques de guerra se realiza un desembarco en la playa de La Aguada, sita en la zona de Mazalquivir. En este desembarco el grupo de embarcaciones que trasladaban la tropa estaba dirigido por el entonces joven capitán Juan José Navarro, a la sazón comandante del navío Castilla (60). De la tropa de desembarco, Álvaro de Navia mandaba la primera barcada que pisó tierra.

 

Se señala aquí una coincidencia, o designio del destino, llámesele como se prefiera: tres de las más escogidas personalidades de la época embarcaban juntos en el buque Castilla, tres de las más ilustres del siglo XVIII español:

Juan José Navarro, el que sería I Marqués de la Victoria, miembro de la Real Academia Española, autor de un monumental Diccionario demostrativo de la configuración y anatomía de toda arquitectura naval moderna (el famoso Álbum del Marqués de la Victoria que se custodia en el Museo Naval de Madrid), de obras como Práctica de la maniobra y Código de señales, esta última copiada luego por la marina francesa (obras todas ellas que soy hoy patrimonio nacional) y capaz de embarcar por última vez estando ya cercano a los 80 años.


Álvaro de Navia Osorio, III Marqués de Santa Cruz de Marcenado, autor del tratado Reflexiones Militares, que instruyó a reconocidos estrategas como Napoleón Bonaparte, José de San Martín o Federico de Prusia, creador del Regimiento de Asturias que aún hoy pervive, uno de los 500 españoles más relevantes según la Real Academia de la Historia, e iniciador de una Enciclopedia Universal, que no pudo continuar por su destinos militares y su muerte, pero que es anterior a la que luego publicarían Diderot y Dalembert.


Jorge Juan y Santacilia, marino, diplomático, matemático, espía, ingeniero naval, astrónomo … El hombre ilustrado por excelencia. Conocido en su tiempo en Europa como “el sabio español”. Autor de Compendio de Navegación, de Disertación Histórica y Geográfica sobre el Meridiano de Demarcación entre los Dominios de España y Portugal, de Noticias Secretas de América sibre el estado naval, militar y político del Perú y provincia de Quito (estas dos últimas en colaboración con Antonio de Ulloa) y de Estado de la Astronomía en Europa, entre otras obras.


Aún coincidieron en esta expedición otros importantes personajes de la marina española del siglo XVIII, pues en otros buques embarcaban, jóvenes oficiales en aquel tiempo, otros ilustres como Zenón de Somodevilla y Bengoechea, Pedro Mesía de la Cerda, Luis Vicente de Velasco e Isla o Luis de Córdova y Córdova, por citar ejemplos. ¿Quién que se preciara hubiese faltado? En resumen, en esta expedición iba la flor y nata de la Real Armada, todos los oficiales disponibles que no tuviesen destino en otro punto conflictivo.

 

Volvamos a la toma de Orán, plaza al mando del bey (gobernador) y pirata Hacen. El desembarco de los españoles fue atacado por jinetes moros, pero fue rechazado, de manera que al llegar la noche del día 24 había una gran cabeza de desembarco asentada con artillería y caballería. A pesar de las escaramuzas, del constante hostigamiento de los moros, y de las condiciones desfavorables del mar, se continuó desembarcando más gente, con éxito. Un fuerte ataque enemigo el día 1 de julio fue rechazado gracias a la efectividad del fuego de los cañones de los navíos.

 

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Localización de Orán y Mazalquivir sobre Google Earth. Elaboración propia.

Los españoles atacaron Mazalquivir con el objetivo de tomar la fortaleza, para lo cual los cañones de los navíos volvieron a ser muy efectivos. Los moros se rindieron en poco tiempo pues su resistencia era inútil. Por su parte, la guarnición enemiga de Orán, abandonó la plaza (que estaba fuertemente custodiada por murallas y cinco castillos) y huyeron hacia el interior (uno de los que escaparaon era el bey Hacen, que se alió pronto con el bey de Argel), por lo que Orán se tomó sin resistencia. Ocupada la plaza, los españoles dispusieron la defensa con artillería y una guarnición de 6.000 hombres.


La acción fue rápida y bien organizada. En Europa causó asombro no sólo la impecable acción, ataque y conquista, sino porque España había reunido para esta ocasión la mayor flota del siglo XVIII : más de 500 embarcaciones de todo tipo entre buques de guerra y transporte, incluyendo galeras y barcos de guerra rápidos como los jabeques. El número de navíos de línea era pequeño pero el número de barcos transporte era elevadísimo para poder llevar miles de hombres, artillería de campaña y caballería.

  

IZQUIERDA: La antigua fortaleza de Mazalquivir en la actualidad. Al fondo, Orán.


Lezo regresó a Alicante escoltando un numeroso grupo de 120 embarcaciones de transporte. El el puerto mediterráneo desembarcó la tropa, tras lo cual puso rumbo a Cádiz, a donde llegó el 2 de septiembre de 1732.

 

Pero las tribus berberiscas no podían permitir lo sucedido. Alarmadas con la toma de Orán, se coaligaron para reconquistar esa ciudad y Mazalquivir. Reunieron un ejército de 30.000 hombres que atacaron por tierra y bloqueándola por mar. La respuesta española fue enviar a Lezo a socorrer la plaza inmediatamente. Partió don Blas con solo dos navíos disponibles en Cádiz en ese momento, el Princesa (70) y el Real Familia (60), a los que se unieron cinco barcos de guerra en alta mar y 25 transportes que llevaban refuerzos de infantería, artillería y caballería. Tratando de llegar lo antes posible, Don Blas navegó desplegando toda la vela posible. Cuando las nueve galeras que bloqueaban Orán le vieron acercarse, proa hacia ellos a todo trapo largaron velas, Lezo se abrió paso entre ellas a cañonazos, mientras que las galeras dispararon como pudieron y huyeron apresuradamente en desbandada. Levantado el bloqueo naval, se desembarcaron tropa, artillería y caballería, fuerzas que se unieron a las que resistían dentro de la ciudad. Las redobladas fuerzas españolas derrotaron e hicieron huir a la tropa berberisca.

 

Dentro del éxito hubo que lamentar la muerte de uno de los más ilustrados militares de la época, el anteriormente mentado don Álvaro de Navia Osorio.

ARRIBA, localizacion de Mostagán (Mostaganem en el mapa), en la costa de la actual Argelia, cerca de Orán.

 

ABAJO: vista de Mostagán según un grabado francés del siglo XIX.

Lezo insatisfecho, fue más lejos: buscó la escuadra enemiga para acabar con ella. En su búsqueda encontró una vela enemiga y se dio cuenta de que era la capitana de la escuadra de Argel. Se trataba de un buque de 60 cañones, que maniobró para escapar. Lezo, según su costumbre, arremetió hacia el enemigo, lo alcanzó y empezó a batirlo mientras los argelinos daban toda la vela posible para conseguir zafarse. Perseguidos por don Blas, se refugiaron en la ensenada de Mostagán, defendida por dos fuertes a la entrada y por unos 4.000 hombres que habían acudido a la plaza al darse la alarma.

 

Pero la feroz acometividad de Lezo le llevó a perseguir barcos piratas hasta el interior de sus puertos. Una ensenada, aunque estuviera fortificada y bien defendida, no amedrentó  a Don Blas.


Lejos de detenerse, entró decididamente en busca del navío enemigo colocándose en su popa cañoneándole a pesar de los disparos de los fuertes y de aquellos que se le hacían desde cualquier parte. Con los cañonazos de sus artilleros, que fueron muy certeros, combatió el fuego de los fuertes. Tras una dura pelea silenció la artillería de los fuertes. En medio de este fregado ordenó echar al agua lanchas, que se acercaron al costado del buque argelino, asaltaron el buque y lo capturaron. Las lanchas pudieron efectuar esta acción contra la bien defendida nave capitana argelina gracias al certero fuego de los cañones y la fusilería del navío de Lezo que protegió las lanchas con gran pericia. A continuación prendió fuego al resto de naves enemigas.


Antes de abandonar la bahía Lezo ordenó a sus barcos bajo su mando seguir disparando para evitar que los enemigos pudieran apagar el incendio de los suyos.

 

Resumen: la nave capitana argelina capturada en la misma bahía donde había buscado refugio, el resto de naves enemigas incendiadas, los fuertes silenciados.

 

Por parte española sólo hubo 9 muertos y 39 heridos.

 

El 15 de febrero de 1733, Lezo entra victorioso en Barcelona. Sin embargo, el ataque de Don Blas en Mostagán, de la mayor intrepidez y temeridad que no podían esperar los argelinos, asustó a estos hasta el punto de que pidieron socorro a Constantinopla para poder enfrentarse a la malabestia que les había arrasado en Mostagán.

 

La ayuda turca a los argelinos no iba a frenar a Lezo, que había vuelto a Alicante y allí fue informado de tal solicitud de los moros de ser socorridos por el Imperio Otomano. Esperó a que sus buques fueran reparados y reabastecidos en el puerto alicantino. Ya preparado, partió a patrullar la costa africana, atento lector, extendiendo su vigilancia por el norte africano hasta Túnez con el fin de esperar la llegada del socorro turco, encontrarlo y batirlo.

 

Permaneció en el mar cincuenta días, hasta que una epidemia infecciosa, ocasionada por la corrupción de alimentos, le obligó a regresar a España, pasando antes por Cerdeña para hacer nuevos víveres en la cantidad necesaria para poder llegar a Cádiz, pues había sostenido la vigilancia en el mar hasta el límite posible. Antes de llegar a Cádiz recaló en Málaga para dejar gran número de enfermos. Uno de estos enfermos era Jorge Juan y Santacilia, que hacía sus primeras armas en la campaña de Orán, siendo  entonces un meritorio guardiamarina de 20 años que tuvo la suerte, y la ventaja, de tener en Lezo tan buen maestro. Continuó don Blas hacia Cádiz con la tripulación bastante mermada. Consiguió llegar finalmente.

 

Pero él mismo, como buena parte de la tripulación, estaba gravemente enfermo. Lezo debía estar hecho de una pasta especial: en su destino en los Mares del Sur había aguantado durante años un clima insano, hambre y epidemias que causaron numerosas bajas entre las dotaciones y ahora en el Mediterráneo había logrado salir adelante de una epidemia que ocasionó 500 muertos.

Uniforme de teniente general de Don Blas de Lezo.

Reproduce el que luce Lezo en su retrato y ha sido fabricado expresamente para la Exposición Blas de Lezo, el valor de mediohombre.

Museo Naval de Madrid.

El rey Felipe V, muy satisfecho con Lezo, manifestó a este su aprecio y agradeció sus servicios recompensándole con el ascenso a Teniente General el día 6 de junio de 1734. Don Blas pasó a ocupar el puesto de comandante general del Departamento de Cádiz.

 

Tenía 45 años. Nunca había sido derrotado. Habiendo perdido un brazo, un ojo y una pierna en diferentes combates había demostrado que sus limitaciones físicas no eran impedimento para él, que siempre había mostrado ser un mando eficaz, inteligente, vigoroso, capaz y osado. Un marino que se las sabía todas, siempre resolutivo en el mar. En aquellos días, tras realizar todo tipo de hazañas, no podía considerarse de otra manera que tremendo y experimentado profesional.

 

En 1735 fue llamado a la Corte. Allí permaneció muy poco tiempo pues él mismo decía que “tan maltrecho cuerpo no era una buena figura para permanecer entre tanto lujo”. Para Lezo, que se daba perfecta cuenta que no era hombre de Corte sino de mar. Su lugar era la cubierta de un buque. Pidió licencia al rey para volver al mar, cosa que se le concedió.

 

El 15 de mayo de 1735 don Blas otorgó testamento. Desde que había regresado de los Mares del Sur en 1730 había tenido más hijos en la península, llamados Cayetano Tomás, Pedro Antonio (que murió a muy corta edad, antes de 1732), Agustina Antonia y Eduvigis Antonia. Tras el testamento aún nacería otra hija, Ignacia Antonia. Como toda vida de marino es incierta quiere dejar clara su voluntad. En aquella época muchas veces solo heredaba el hijo mayor, pero don Blas no desea dejar a nadie desamparado, así que nombra herederos de todos sus bienes a su mujer y sus hijos. Al igual que otros muchos marinos, Lezo tenía algunas acciones de la Compañía Guipuzcoana de Caracas, una costumbre en la época para muchos vascos. Incluso el rey era accionista, como lo era su ministro Patiño, quien incentivaba a los oficiales de marina a poseer acciones de dicha Compañía.


El valor de las acciones de Lezo ascendía, aproximadamente, al coste de una fragata de la época, armada y lista para navegar. De esta forma, Patiño  captaba fondos y conseguía que los propios marinos invirtieran en los barcos, con los que se reconstruye una Armada poderosa y muy distinta a la ruinosa  que había dejado la Guerra de Sucesión. Además, era una buena inversión que daba rentas anuales a sus accionistas, pues la Compañía Guipuzcoana de Caracas hacía buenos negocios con el continente americano teniendo el monopolio del comercio de la costa venezolana.

 

En el testamento, Lezo muestra claramente otro de los rasgos de su personalidad: su profunda religiosidad. Basten las siguientes líneas:

 

Si bien es verdad que el sentimiento religioso era una característica común en la sociedad española del siglo XVIII, al comparar los testamentos de Blas de Lezo con otros testamentos de la época observamos como Blas adopta la fórmula más piadosa a la hora de redactarlos convirtiéndose así, más que en un documento legal, en una profesión de fe:

<< Creiendo como firme y verdaderamente creo el muy alto soberano misterio de la Trinidad Beatísima, Padre, Hijo, y Espíritu Santo, tres personas distintas y un solo Dios verdadero, el de la Encarnación de la segunda persona en las Virginales entrañas de la Purísima Virgen María, nuestra Señora, el del Santísimo Sacramento del Altar y todos los demás misterios y artículos que cree y confiesa nuestra Santa Madre Iglesia Catholica Apostólica Romana en cuya creencia he vivido y quiero morir como católico y fiel cristiano, invocando como invoco por mi intercesora y Abogada a la siempre Virgen María Madre de nuestro redentor Jesuchristo, al Santo Ángel de mi guardia, el de mi nombre y demás cortesanos celestiales para que intercedan con su divina Majestad el perdón de mis culpas y pecados y encaminen mi alma a estado de salvación. >>

Don Blas, un héroe con personalidad. Mariela Beltrán García-Echániz. Blas de Lezo. El valor de Mediohombre. Publicaciones del Ministerio de Defensa, 2013.

 

Don Blas estableció su hogar en El Puerto de Santa María. La familia Lezo-Pacheco vivió en una casa de la calle Larga marcada hoy con el número 70.

 

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Imágenes del edificio, hoy rehabilitado y convertido en apartamentos, donde residió Blas de Lezo en el Puerto de Santa María, Cádiz. A la izquierda, fachada de la calle Larga y puerta de entrada. Las otras tres fotografías corresponden al patio interior.

Tras las investigaciones realizadas en los padrones de la época por Miguel Ángel Caballero Sánchez (historiador de Patrimonio Histórico de la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de El Puerto) al que agradezco su constancia y dedicación ya que, sin sus aportaciones, no se hubiesen podido divulgar estos datos que se relatan a continuación, hemos podido saber fehacientemente tras el estudio de los padrones de la Iglesia Mayor Prioral que Blas de Lezo, su mujer, Josefa Pacheco Bustos -una criolla peruana con la que se había casado el 5 de mayo de 1725 en Lima- sus hijos y un criado (¿?) afroamericano llamado Antonio Lezo, vivieron desde 1736 en una casa de la calle Larga, para ser más exactos en Larga, 70, hoy reconvertida en apartamentos de alquiler. Tras su muerte, su viuda -conocida en la localidad como 'La Gobernadora'- y sus hijos permanecieron en ella hasta la muerte de ésta el 31 de marzo de 1743.

 

La Excelentísima Señora Doña Josefa Pacheco fue enterrada en el Convento de Santo Domingo, sito en la calle del mismo nombre. A partir de esta fecha, los descendientes de Blas de Lezo desaparecen de los padrones portuenses.

 

Durante su residencia en la ciudad, el Cabildo municipal, siendo conocedor del prestigio del almirante, hizo a su familia diferentes concesiones, entre las que destacó una toma de agua para la casa.

 

Hasta hace pocos años, la ciudadanía portuense siguió llamando a la mansión casa de 'La Gobernaora'.

 

El Puerto y el Almirante Blas de Lezo . Juan Ignacio Domínguez Gil . Diario de Cádiz 23/09/2008.

 

El 23 de julio de 1736 se le nombra comandante general de una escuadra de ocho galeones y dos registros que, escoltados por los navíos Conquistador (64) y Fuerte (60), debían despacharse para Tierra Firme en la que sería la última carrera de Indias del Imperio. El grupo de galeones tenía prevista su salida de todas formas dado que formaban parte de las habituales flotas de Indias que iban y venían de América. Pero las circunstancias del momento hicieron que las autoridades españolas decidieran aprovechar el viaje de los galeones para enviar refuerzos al Caribe al mando de Lezo, a quien se le había encomendado la defensa de Cartagena de Indias nombrándole comandante general de esa plaza (ver también CAPÍTULO 1).

 

 

 

 


 

 

Escritura y firma de don Blas de Lezo que figura al final de un documento (Archivo General de Indias) fechado en Cádiz en 1734. Con el estudio de la escritura y la firma, el profesor Fernando F. Ruíz (del Instituto Grafológico Forense, Diplomado en Psicopatología Clínica Grafológica y titulado en Psicografología por la UNED, entre otras muchas distinciones), realizó un perfil psicografológico de Don Blas. Algunas de las conclusiones de su estudio se han reflejado en las palabras y líneas que describen los rasgos de personalidad del marino en la presente página web.

 

Las conclusiones del estudio también han sido publicadas a través del blog elguaridadegoyix.com , un lugar de internet que se ha esforzado en recuperar la figura de Lezo y todo un honroso referente en su divulgación.

 

El estudio grafológico completo publicado por el profesor Ruíz puede leerse haciendo click AQUÍ.

 

 

 


[… ] tan pronto como llegó la marea, el almirante comenzó a dar las órdenes de partida. La pequeña flota emprendía la larga travesía que la llevaría hasta el otro lado del Atlántico, hasta las costas caribeñas de Cartagena de Indias.

 

Hacía un buen rato que había amanecido. Se anunciaba un día claro y soleado. Las gaviotas revoloteaban bulliciosas en torno a los barcos.

 

Un nutrido grupo de espectadores observaban entre asombrados y curiosos la maestría y autoridad con que aquel hombre dirigía las operaciones, mientras se paseaba de un lado a otro de cubierta arrastrando su pata de palo.

 

Entre los mirones se encontraban dos marineros franceses. Habían llegado hacía dos días desde Marsella, a bordo de un buque mercante. Uno de ellos comentó divertido:

 

---- ¿Has visto, Mercier? Quién diría que semejante ruina de hombre sería capaz de manejar toda una flota él solito. Y no lo hace mal, el muy bellaco.

---- Pues resulta, mi buen amigo Poignon, que ese al que tú te atreves a calificar de “ruina”, es el mejor capitán que haya surcado las aguas en nuestro siglo.

 

(RECREACIÓN LITERARIA) El héroe del Caribe. J. Pérez-Foncea, Editorial LibrosLibres. 2012.

Don Blas zarpa de Cádiz el 3 de febrero de 1737 y llega a Cartagena de Indias el 11 de marzo (el 18 del mismo mes nació su hija Ignacia en el Puerto de Santa María, pero a la que nunca conocería).

 

La travesía no fue buena: el navío Conquistador, aún haciendo agua, llegó el primero y en solitario a su destino después de 32 días de navegación, pero los demás buques se habían dispersado en un temporal que les causó daños e hizo naufragar uno de los galeones, llegando a su destino el Fuerte con el resto de galeones ocho días después de que lo hiciera el Conquistador.

 

En este viaje demuestra Don Blas otra de sus grandes cualidades: el hacer partícipes a sus hombres de sus ideales y su acierto en distribuir  y delegar tareas entre ellos, siendo admirado por los hombres bajo su mando y que éstos confiaran en su comandante. De hecho, consiguió que 63 polizones que iban embarcados cuando zarpó de Cádiz la flota de galeones se incorporasen al batallón fijo de Cartagena a su llegada a la plaza, inculcándoles el honor de defender su país y renacida vida que comenzaban en como nuevos militares. Se entregaron plenamente a su defensa cuando fueron requeridos a ello ante el ataque inglés.

 

Que estallasen las hostilidades entre España y Gran Bretaña, es decir, que diese inicio la  Guerra del Asiento, era cuestión de tiempo. Al llegar a Cartagena de Indias, Lezo queda como comandante general para la defensa de esa plaza, fundamental en el mar de las Antillas, y se puso a trabajar de inmediato en la organización de su defensa colaborando con el gobernador de la plaza.


Nada más llegar a Cartagena, Lezo y Fidalgo fundaron la compañía de armadores de la ciudad con el fin de combatir el comercio ilícito de aquellas costas. Pero, en nueva demostración de su fidelidad a los intereses generales de España, y al rey, hizo que todos aquellos que actuaran en corso lo hicieran con la condición de ser vasallos de Su Majestad. Los dos navíos recién llegados a la plaza los empleó Lezo para vigilar la zona haciendo labores de guardacostas. El navío Fuerte es enviado a España en octubre de 1737 llevando caudales. Después, en septiembre de 1738, llegó a Cartagena de Indias el Dragón (60), navío que había sido botado en La Habana el año anterior.

 

El navío África (64), algo más antiguo (fue botado en La Habana en 1732), se uniría también a la pequeña escuadra de Cartagena de Indias en marzo de 1939.

 

Siete meses después, octubre de 1739, se declara la guerra entre España y Gran Bretaña.

 

Gran Bretaña organizó una guerra que combinaba varios frentes navales. Atacaron La Guaira, Portobelo y otras plazas españolas. En noviembre de 1740 tuvo don Blas noticias (los servicios de espionaje españoles funcionaron bien durante esta guerra) de que a Jamaica se dirigían importantes fuerzas navales y de desembarco desde Europa. Todo ello se relata en otros capítulos de este trabajo (ver ÍNDICE). Pero, como ya sabemos, la empresa donde pusieron mayor empeño los british, la llave que abría la puerta tras la que se podía acceder al dominio de América del Sur, era Cartagena de Indias. Lo sabían los ingleses. Y lo sabía Lezo.

El gobernador de la plaza,  Pedro Fidalgo, que había zarpado de Cádiz con Lezo, murió el 23 de febrero de 1740. Melchor de Navarrete asumió el puesto de gobernador interino. Será don Blas, antes de la llegada del nuevo virrey, Sebastián de Eslava, quien prepare un plan de defensa de la ciudad. El nuevo virrey era un militar de reconocido prestigio y llegaría el 21 de abril de 1740 con dos navíos, Galicia (70) y San Carlos (60), cuando ya se había producido la primera de las tres apariciones inglesas frente a Cartagena de Indias.

 

Cartagena de Indias, como todas las plazas de América, presentaba en sus defensas un grado de abandono inquietante a pesar de que teóricamente era el puerto de mejores defensas del Caribe. No era para menos debido a las experiencias sufridas por ataques de piratas a lo largo de su historia.

Vista aérea actual de Cartagena de Indias, Colombia.  En primer término, la zona antigua amurallada.


Dos inspectores de la marina reconocieron la artillería y hallaron los cañones incapaces de disparar diez tiros, sin repuestos suficientes de balas y constataron la existencia de sólo 3.300 libras de pólvora. Lezo trabajó, dentro de sus posibilidades, por dotar a la ciudad de lo necesario y estudió detalladamente la forma de defenderla.

 

Día a día, este hombre, tuerto, lisiado de un brazo y con una pata de palo, se paseaba incansable por los fuertes y baluartes, inspeccionando hasta el último rincón y previendo los más mínimos detalles. El toc toc de su pata de palo era un sonido harto conocido en Cartagena, particularmente porque para caminar sobre la piedra usaba aquella pata herrada cuyo modelo le había mandado a hacer su padre treinta y tantos años antes en su pueblo de Pasajes. El mismo toc toc sobre la cubierta del barco, pero con la pata de madera, era otro de esos sonidos harto conocidos, aunque más sordo y sonoro. Blas de Lezo y Olavarrieta era, sin duda, el personaje de aquellas murallas y contornos, de aquellos cálidos mares a quien, de cuando en cuando, se le veía santiguarse con aquel mismo crucifijo de plata que desde hacía cuarenta años cargaba en su bolsillo y que le había dado fuerzas para resistir todas las penurias, todas las heridas y todas las soledades de sus cincuenta y dos recorridos años.

El día que España derrotó a Inglaterra. Pablo Victoria. Editorial Áltera, 2005.

 

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En febrero de 1740 recibió don Blas información de un próximo ataque inglés a Cartagena de Indias. Situó dos navíos en Bocachica, la entrada obligada a la bahía cartagenera, y cerró la entrada con dos cadenas, además de poner en estado de alerta los castillos de la zona.

 

Las noticias eran ciertas: en marzo de 1740 se presentó una escuadra británica ante la ciudad.

 

El vicealmirante Vernon había atacado previamente La Guaira, La Habana y Portobelo. Pero este primer ataque a Cartagena de Indias demostró al inglés que la ciudad estaba mejor defendida de lo que este pensaba. Los atacantes situaron bombardas y empezaron a arrojar bombas durante dos días, causando daños e incendios en diversos edificios. Los cañones de la defensa, para irritación de Lezo, no alcanzaban a las bombardas. Entonces nuestro marino hizo desmontar uno de los cañones de 18 libras de sus navíos y ordenó montarlo en tierra. Sus certeros disparos ahuyentaron a las bombardas inglesas. Los atacantes se retiraron.

Zona antigua de Cartagena de Indias en un mapa turístico actual. Se resaltan diversos edificios históricos junto a otros modernos, siendo muy visibles los nombres de los viejos barrios Centro y Getsemaní. Hacia la derecha de la imagen, marcado con el número  6, el castillo de San Felipe de Barajas. Se aprecia la conservación de buena parte de las murallas que rodeaban completamente la ciudad, reflejadas en el mapa.


Nuevamente apareció Vernon ante Cartagena de Indias en mayo de 1740, poco después de su anterior primera “visita”, y nuevamente comprobó que la ciudad no iba a ser tomada fácilmente. Volvieron los ingleses a retirarse a su base de Jamaica.

 

Si el inglés pensaba que todo iba a ser tan fácil como en Portobelo estaba completamente equivocado. Cuando había tomado Portobelo, Vernon dirigió dos cartas a Blas de Lezo dándole cuenta de la "noticia" con tonos de autoalabanza y amenazándole veladamente. Pero ahora el vicealmirante inglés pudo comprobar  (ver CAPÍTULO 9)  que aquella respuesta que recibió de Lezo no iba de farol:

 

[ ... ] ubieran llegado asta insultar las plazas del Rey mi amo, puedo asegurar a V.E.  me ubiera hallado en Portovelo para impedírselo, y si las cosas ubieran ido a mi satisfacción, aún para buscarle en otra cualquiera parte, persuadiéndome que el ánimo que le faltó a los de Portovelo me hubiera sobrado para contener su cobardía.

 

En octubre llegó a Cartagena de Indias la escuadra de Rodrigo de Torres, que desembarcó tropa y pertrechos (ver también CAPÍTULO 12). Aunque Torres permaneció en la plaza durante un tiempo, finalmente zarpó para La Habana  --ciudad que también estaba amenazada por los británicos--  para no quedar bloqueado por la escuadra inglesa y para abastecer su escuadra en otros lugares.  Dejó para la escuadra de Lezo, como refuerzo, el navío San Felipe, de 80 cañones. La salida de la escuadra de Torres se produjo en febrero de 1741.

 

Un mes antes, en enero de 1741, la escuadra francesa, de la que se esperaba apoyo dada la alianza de España y Francia, abandonó el Caribe.

 

Por tanto, Lezo quedó en Cartagena con el virrey. El virrey había llegado (lo hizo antes que Rodrigo de Torres) con dos navíos que reforzaron la pequeña escuadra de Lezo. Tendrían que enfrentarse solos a los ingleses. Pero la convivencia entre ambos personajes no fue nada fácil. Para Lezo, los planes de defensa del virrey no eran los más adecuados y comprometía seriamente la defensa de la plaza. Pensaba Don Blas que el virrey era poco previsor en el acopio de víveres. Y, algo que le sentaba especialmente mal a Lezo, el virrey solía despreciar las noticias de los espías, cuya información siempre había servido bien a don Blas (las ideas sobre la defensa de uno y otro se detallarán en el CAPÍTULO 16).


Anochece en Cartagena de Indias.

Eso pretendió Gran Bretaña en 1741: que en el imperio español, de una vez por todas, se pusiera el sol.

 

El nuevo virrey, Sebastián de Eslava, tenía cierta reputación de buen y valiente militar. A pesar de ello, posiblemente los choques entre Lezo y Eslava iban a ser difíciles de evitar. No solo por los diferentes matices y estrategia en la defensa que cada uno pensaba que debía hacerse, sino también, y mucho, por la personalidad de ambos, pues eran gente de carácter. Eslava, aparte de ser persona de habilidad  suficiente para haberse manejado bien entre los ambientes de influencia en la Corte, no tuvo que ser alguien de trato fácil para Lezo, ni accesible para hacer amistad, más bien al contrario, fue de trato difícil no solo para  Lezo sino también para el gobernador interino Melchor de Navarrete. La opinión que Eslava tenía de este era que “no es capaz de servir la vara de alcalde del pueblo más insignificante de España”. Cuando Eslava supo que Lezo escribía un diario del sitio de Cartagena de Indias dijo de él que “tenía ínfulas de escritor” y cuando supo que Lezo solicitó en sus últimas voluntades una placa que recordase lo ocurrido en Cartagena de Indias dijo: “desvaría”.

 

En contraposición, Lezo era persona que a veces tenía prontos fuertes y tajantes, no tenía pelos en la lengua y no era amigo del disimulo sino de expresar abiertamente las cosas, a veces con rudeza. La diplomacia no era una de sus fuertes. Solía mostrarse sincero, directo, y por lo general era persona sociable y con facilidad para establecer sólidos vínculos afectivos. Tenía una actitud luchadora que raramente se rendía ante los obstáculos y en Cartagena de Indias supo tener motivados a los defensores. Lezo poseía desde tiempo atrás una aureola de gran marino, era casi como una leyenda; sus marineros admiraban su valía y Lezo supo mantenerles alta la moral dándoles ejemplo con su propio convencimientos en sus ideas.

 

A pesar de todo, el empeño de ambos, en el fondo, siempre fue defender al ciudad aunque tuvieran sus disputas o puntos de vista diferentes, y colaboraron en los esfuerzos. Blas de Lezo puso todo su espíritu e imbuyó entusiasmo a sus marineros que fueron los que llevaron el mayor peso en momentos clave de la batalla.

 

Cartagena de Indias fue atacada en marzo de 1741 por una numerosísima escuadra inglesa compuesta por buques de guerra que sumaban un elevado número de cañones y buques de transporte que embarcaban miles de hombres. El tamaño de semejante fuerza deja pequeño el tamaño de la aquella armada de Felipe II, la famosa Empresa de Inglaterra. Y el desastre inglés fue, también, enorme. No se volvería a ver una operación semejante hasta el desembarco de Normandía en 1944 en el marco de la II Guerra Mundial.

 

Una fuerza española de solo 6 barcos y 3.200 hombres, apoyados por la artillería de murallas y fortines, defendió palmo a palmo la plaza española frente a una fuerza de 186 barcos, casi 25.000 hombres y miles de bocas de fuego. Vendiendo muy cara al inglés la conquista de un canal, de un castillo, de una muralla. Una población cercada durante tres meses y medio resistió hasta el límite de sus fuerzas junto a unos abnegados hombres, comandados por Blas de Lezo y el virrey Eslava, dispuestos a morir antes que permitir a Vernon pisar Cartagena de Indias. Los marineros de Lezo, en particular, tuvieron un papel primordial en la defensa de la plaza.

 

En abril de 1741 tiene lugar el combate final, decisivo, en la que los españoles, realizando un contrataque imparable a los pies del castillo de San Felipe de Barajas se imponen y hacen recular, definitivamente, a los ingleses que, agotados e impotentes, desaparecieron de allí al mes siguiente, mayo de 1741,

 

El resultado de esta batalla, en la que unos centenares de hombres rechazan una fuerza invasora tan abrumadoramente superior, resulta tan asombroso que el propio Blas de Lezo (hombre de firmes creencias religiosas) achaca la victoria a "las misericordias de Dios".

 

El desastre inglés en Cartagena de Indias así como el desarrollo de la batalla son temas que los podrá encontrar el lector extensamente relatados en el CAPÍTULO 19.

 

Se ha tratado de atribuir la victoria española al factor de las enfermedades contraídas por los atacantes. Aún considerando la influencia de ese factor resulta evidente, de acuerdo con la lógica militar de la época, que la victoria española obedece principalmente al inteligente uso de los escasos recursos disponibles con que se defendió la plaza y a la iniciativas e ingenio de Lezo como comandante de Cartagena de Indias desde 1737. Y por otra parte la extraordinaria resistencia de los defensores, soldados y milicianos, no solo es del todo injusto obviarla sino que hacerlo es faltar a la verdad.

 

(Pulsar en las imágenes para ampliarlas)

 


Soldados españoles de mediados del siglo XVIII. Estas láminas forman parte de la colección de la Biblioteca Militar de Barcelona y pertenecen a la obra Historia orgánica de las armas de Infantería y Caballeria española desde la creación del Ejército permanente hasta el día (1851), por el Teniente General Conde de Clonard. Publicado en miniaturamilitaresalfonscanovas.com.

 

 

El resultado para Vernon fue decenas de barcos perdidos, miles de muertos, miles de heridos y retirada a Jamaica. Un fracaso en toda regla mucho mayor que el fracaso de la Empresa de Inglaterra de Felipe II. El golpe fue tal que Inglaterra tardaría lo suyo en recuperar su fuerza naval anterior a la Guerra del Asiento y España, gracias a estos hechos, conservaría sus posesiones americanas durante 60 años más.

 

Se trató de hacer desaparecer las medallas conmemorativas que, vendiendo la piel del oso antes de cazarlo, se acuñaron para celebrar una falsa victoria. Pero, sobre todo, fue un bochorno para Inglaterra y para la Royal Navy que procuraron ocultar, incluso prohibiendo que se escribiese o se hablase sobre el fracaso.

 

No lo han conseguido.

 

Aún hoy la historiografía inglesa a menudo trata con distanciamiento el asunto, incluso con interpretaciones curiosas de los hechos, o pasando de puntillas. En cambio, tradicionalmente se ha exagerado el éxito inglés ante la Armada de Felipe II cuyo desastre, sin dejar de ser tal, no es la exageradísima desaparición de la escuadra enviada y el hundimiento de la marina española. Los british son así. El honor de la Royal Navy ha de quedar siempre impoluto.

España, en cambio, durante mucho tiempo no ha sabido o no ha querido divulgar la vida del marino vasco, los hechos de Cartagena de Indias, y defender este episodio de su historia.

 

Pero volvamos con Don Blas.

 

Los combates más importantes se dieron en Bocachica, puerta de entrada a la bahía, y a los pies del castillo de San Felipe de Barajas, punto clave que controlaba el acceso al barrio de Getsemaní y a la ciudad amurallada. Tras muchos días de lucha, con muchos muertos por los  combates y por las enfermedades, y ya sin fuerzas, Vernon no tuvo otra opción que retirarse a Jamaica sin haber conseguido conquistar Cartagena de Indias. Eso sí: dejó tras sí mucho destrozo.

 

Nuevamente remito al lector a los capítulos de este trabajo en los que se estudia con mayor detalle la batalla de Cartagena de Indias.

Situación de Bocachica, canal de entrada a la bahía, y del castillo de San Felipe de Barajas, a las puertas de entrada a la ciudad vieja de Cartagena de Indias. Elaboración propia sobre Google Maps.


Tiempo después de la batalla, don Blas de Lezo enfermó gravemente. La retirada de Vernon había dejado detrás muchas ruinas y muchos muertos sin enterrar, gran cantidad de ellos flotando en las aguas de la bahía propagando enfermedades a través de los mosquitos. Miles de muertos que no daba tiempo a enterrarlos. Muchos fueron arrojados por la borda por los ingleses. La putrefacción provocó contagios.

 

Como a Blas de Lezo, que enfermó de tabardillo, nombre con el que se conocía entonces al tifus exantemático. Era incurable. Pero no murió por las infecciones de las heridas producidas en combate, como algunas fuentes indican, pues había pasado mucho tiempo desde que fue herido levemente en Bocachica.

Comienza para Blas de Lezo un periodo de tiempo relativamente corto de tres meses y veintinueve días, en los que como consecuencia de mentiras calumniosas sufre un abandono ignominioso, con una carencia absoluta de recursos por no recibir sus sueldos y un total olvido en su enfermedad, que desembocaría en la muerte, asistido sólo por su abnegada esposa y un reducido grupo de leales.


A los pocos días de la victoria se celebra en la catedral de Cartagena de Indias un solemne Te Deum, oficiado por el señor obispo, al que acude Blas de Lezo, que es recibido con grandes muestras de entusiasmo por parte de los cartageneros y que contrastó con la frialdad con la que los mismos cartageneros habían recibido al virrey Sebastián de Eslava. Esta fue la última aparición en público de Blas de Lezo, ya que se retiró a su casa, en donde asumió su complicada situación, a la que plantó cara en la medida de sus posibilidades, que no eran muchas.

 

El teniente general de la Armada Don Blas de Lezo y Olavarrieta (Olvido y muerte de un héroe).  José Luis Torres Fernández, Almirante de la Armada.


Retrato de Don Blas de Lezo y Olavarrieta.

Museo Histórico de Cartagena de Indias.

Después de toda una vida de servicio, siempre eficaz y vigoroso, sin haber perdido un solo combate y habiendo escalado puestos en su carrera militar gracias exclusivamente a sus méritos, en sus últimos días se encuentra, además de gravemente enfermo, pobre, porque se le debían pagas atrasadas.  Lezo vivía en una casa alquilada, propiedad del marqués de Valdehoyos. Se encontró también despreciado por la inquina del virrey que informó a la Corte eclipsando el papel de Lezo y arrojando críticas y dudas sobre él en la defensa de Cartagena de Indias.

 

Tras la batalla y con el fin de desprestigiar a Lezo y ensalzarse a sí mismo, el virrey maquinanará cómo castigar al marino y utilizará sus influencias en la Corte para hacer valer los pliegos que a ella enviará. 

 

En los pliegos se harán alusiones a los hechos militares y citas a Lezo en sentido negativo y remarcando sus errores. Por ejemplo, se culpa a Don Blas de plantear una estrategia equivocada, culpándole de la pérdida de Bocachica mientras que se silencia su participación en las semanas posteriores.


Ordena Eslava Pedro de Mur, su ayudante, y a Desnaux, coronel de ingenieros, la redacción de informes y un Diario. En los pliegos se atribuía a sí mismo el mérito de la victoria sobre los ingleses. Acompañó una carta dirigida al ministro José de la Quintana, quejándose de las torpezas de Lezo, de la inutilidad de las acciones del marino, al que llamaba “almirante de una pierna”, de su cobardía, y solicitando castigo para el marino.

 

En esta carta incluso trata a Lezo con desprecio y señala  que "tiene achaques de escritor tan lleno de apariencias como solícito de coloridos para ostentar servicios".

 

[ … ]   El 20 de mayo fue el final feliz para España del intento de conquista de Cartagena de Indias por parte de Inglaterra. Pues bien, con fecha 1 de junio de 1741,  es decir once días después de la victoria, Sebastián de Eslava elevaba al rey de España un documento en el que solicitaba la real decisión para que fuera castigado Blas de Lezo por los delitos de «insubordinación e incompetencia» [ … ] es suficiente acudir al Diario de Operaciones de Lezo y ver la elegante deferencia y respeto cuando cita a Sebastián de Eslava, al que da continua y cumplida cuenta de las acciones que se realizan, así como le facilita en su totalidad la información que Lezo tiene y que obtiene por sus propios agentes. Lo que también figura en el citado Diario son los reparos que Lezo hace a las disposiciones de Eslava, así como las numerosas propuestas que le hace para mejorar la situación, por veces muy delicada y comprometida para los españoles, y que nunca fueron tomadas en consideración y siempre rechazadas por acción u omisión. En cuanto a la incompetencia, ahí está la victoria obtenida unos días antes del envío del documento que se comenta, y también está toda una vida dedicada a defender a España en la mar y en tierra, todo ello certificado con las huellas indelebles en su propia figura [ … ]

El teniente general de la Armada Don Blas de Lezo y Olavarrieta (Olvido y muerte de un héroe).  José Luis Torres Fernández, Almirante de la Armada.

 

El virrey Eslava incluso planteó al primer ministro en la Corte un ultimátum: o se destituía a Lezo o se le concedía a él abandonar el virreinato y volver a España. Pero Eslava no planteó este ultimátum para perderlo: tenía contactos, amigos y conexiones en la Corte, y sabía que inclinarían la balanza a su favor.

 

Lezo se enteró de estos manejos del virrey. Estaba seguro de que Eslava ansiaba destruir su prestigio y llevarlo a la miseria moral y humana. Su estado físico no era nada bueno y sus fuerzas menguaban rápidamente. Se lamentaba de las disposiciones que el rey pudiera tomar hacia él por culpa de la inquina de Eslava.

 

Viendo que serían sus últimos días, le preocupaba el porvenir de su esposa y de sus hijos, residentes en la península, tan lejos en sus horas más penosas. Le entristecía aquello que en el futuro pudiera su familia pensar de él. Hubiera deseado explicar a sus hijos que como buen vasco siempre había defendido a España. Que comprendieran sus ausencias, debidas al cumplimiento de sus obligaciones. Lamentaba mucho dejarles sin recursos.

 

Expresó su voluntad de que le enterraran con su pata de palo en el barrio de Getsemaní.

 

Para defender su honor ante la Corte envió a España su Diario, donde había ido anotando los hechos durante el asedio inglés a la ciudad. Tuvo que librar esta última y penosa batalla. Al Diario le acompañan unas líneas para que fuesen conocidas por el rey, donde expresa lo siguiente:

 

 

Señor:  Por el diario que acompaño reconocerá V. M. la defensa que se hizo en el asedio que padeció esta Plaza y sus castillos contra la superior fuerza de los ingleses, que la atacaron y que en conformidad con las reales órdenes de V. M. he contribuido con las fuerzas a mi cargo a la mayor custodia de este antemural. 31 de mayo de 1741.

 

 


También quiere explicarse ante el ministro marqués de Villarias:

 

 

He sabido  [ … ]  que D. Sebastián de Eslava ha forzado a nombre de D. Carlos Desnaux disculpar sus omisiones o para vestirse de mis triunfos  [ ... ]

 

 


Añade al ministro que Cartagena de Indias se encontraba en situación de indefensión y del abandono de las autoridades para remediar la deplorable y peligrosa situación en que se encontraban las defensas de la ciudad, muchas de ellas destruidas. También le explicó al ministro que Eslava le ninguneaba su cargo y retenía sus pagas. Rogaba que se le trasladase a Europa. Avisaba de que nada de estaba haciendo para poner en estado de defensa la plaza, lo que era algo realmente urgente (Incideremos sobre todo esto en el último capítulo, EPÍLOGO).

 

Pero su cuerpo minado por la enfermedad, y su espíritu por la amargura, no tenían la energía que le habían caracterizado siempre. La enfermedad avanzaba a pasos agigantados. Sufrió fiebres altas, tos, fuertes mareos, escalofríos, dolores intestinales y vómitos.

 

A mitad de agosto de 1741 llegaron de España noticias: se felicitaba por la victoria y ello fue para la ciudad motivo de celebración, con alborozo y entusiasmo. Así mismo se comunicaban los ascensos. Todo ello a pesar de la precaria situación que sufría la plaza. Llegó también la noticia del nombramiento de Eslava como capitán general de los Reales Ejércitos y la distinción como marqués de la Real Defensa de Cartagena de Indias. El coronel Carlos Desnaux fue ascendido a general. Una mención honorífica del rey condecoraba a los soldados de todas las compañías.

 

A Blas de Lezo no se le hacía la más mínima mención. Y para entonces se encontraba ya demasiado débil para poder participar en los fastos. Iba a morir muy lejos de su familia, sin el reconocimiento merecido y el agravio de sus coetáneos.

 

El obispo, Diego Martínez, acudió a administrarle los sacramentos el 30 de agosto de 1741. Por disposición del virrey, los amigos de Lezo no pudieron ir a la casa del moribundo. Pocos militares visitaron a Don Blas, pues temían por su carrera militar, pero lo hicieron Juan de Agresote, Alderete y Goyzaga.

 

Lorenzo  de Alderete, capitán de marina siempre había estado al lado de su general. Don Blas le pidió que colocase una placa en las murallas de Cartagena de Indias que recordase eternamente la batalla donde España infligió una humillante derrota a Gran Bretaña y conservó su imperio.

 

Desde su lecho, Don Blas solicitaba también a algunas visitas que mediaran en España para que su mujer, Doña Josefa, pudiese recibir sus pagas atrasadas. Y le preocupaba lo que diría de él el rey ante los informes de Eslava.

 

Lezo, viendo acercarse sus últimas horas, solicitó ser enterrado en una capilla anexa al convento de los franciscanos, lugar desde el que hay vistas al puerto y a los navíos, situada en Getsemaní, el barrio de los pobres de Cartagena de Indias, ciudad por la que había dado su vida. Sabiendo que el fin se aproximaba, inmerso en fiebres, absoluta fatiga y grandes dolores, se sentía preocupado en sus momentos de lucidez por la falta de contestación a las cartas y al Diario que había enviado a España, le apenaba profundamente dejar a su familia en la lejana península en el más absoluto de los desamparos lamentándose de que Patiño, el gran ministro de Marina, amigo de Don Blas, que siempre le había tenido en justa estima, hubiese fallecido cinco años antes, por lo que ya no podía ayudarle.

 

La inquina del virrey dio sus frutos en la Corte: el rey había decidido castigar a Lezo dictando una Real Orden el 21 de octubre de 1741.

 

Pasado el tiempo, demasiado tiempo después (nada menos que 19 años), se reconsideraría este castigo. Se repararía la gran injusticia que se había cometido contra uno de los más brillantes marinos que nunca hubo en la Armada y uno de los mejores servidores de los intereses de la Corona. Se recuperaría en lo posible el honor de Lezo. Pero ya era muy tarde para don Blas: había muerto a las ocho de la mañana del 7 de septiembre de 1741.

 

Tenía 52 años de edad.

 

Existe una carta del almirante Rodrigo de Torres fechada el 28 de octubre de 1741 a bordo del navío Glorioso, anclado en La Habana, dirigida a Zenón de Somodevilla, marqués de la Ensenada, entonces Secretario de Estado y Guerra, en la que expresa: En otra del 9 de septiembre que al mismo tiempo recibí del capitán de fragata D. Daniel Huoni, me participa la muerte del Teniente General D. Blas de Lezo, el día 7 de septiembre por unas calenturas, que en breves días se le declaró tabardillo; y aunque estuvo privado 11 horas volvió en sí, pudo recibir los santos sacramentos y disponer sus cosas; y a los 9 días de haberle dado, se lo llevó Dios. Habiendo recaído en dicho D. Daniel Huoni el mando del cuerpo de Marina.

 

Al día siguiente de su muerte, el 8 de septiembre de 1741, se le ofició una misa, celebrada por el obispo. Don Blas, debido a las pagas atrasadas que se le adeudaban, no tenía recursos para las exequias y entierro. Los gastos de las misas que se oficiaron por el difunto fueron sufragados por el obispo, uno de sus amigos en Cartagena de Indias, quien asímismo pagó los alquileres atrasados de la casa donde vivía, propiedad del marqués de Valdehoyos.

 

A pesar de la petición del moribundo don Blas de ser enterrado en Getsemaní, en la capilla de la Veracruz de los Militares, junto al convento de San Francisco, aún se ignora dónde fue llevado su maltrecho cuerpo.

 

 

Espada de corte con guarnición de platillo que se cree que perteneció a Don Blas de Lezo. Museo Naval de Madrid.

 

 


Como se ha dicho, el 21 de octubre de 1741 se expide una Real Orden con la destitución de Lezo como comandante del apostadero y disponiendo que regrese a España para ser sometido a juicio. Se le acusa de los delitos de insubordinación e incompetencia. No llegó a cumplirse esta Real Orden porque hacía ya tiempo que Don Blas no estaba entre los vivos. Tuvo el consuelo de no llegar a sufrir la humillación de una Real Orden tan injusta, así que la muerte, al menos, le salvó de este último ultraje y vejación. Sus méritos no recibieron el debido reconocimiento de la nación por la que entregó una pierna, un brazo, un ojo y, al final, la vida, toda una dilatada carrera de 40 años de brillante y abnegado servicio.

 

Blas de Lezo nunca regresó a su patria, por la que derramó su sangre, y sufrió el comportamiento de un rey mentalmente desequilibrado que no sólo no supo agradecerle haberse dejado literalmente la piel por España, sino que participó junto al virrey Eslava en silenciar su comportamiento en la batalla de Cartagena de Indias.

Don Blas, un héroe con personalidad. Mariela Beltrán García-Echániz. Blas de Lezo. El valor de Mediohombre. Publicaciones del Ministerio de Defensa, 2013.

Su mujer, Doña Josefa Pacheco, le sobrevivió un tiempo en la península.

 

En la desagradecida España, la que dejaría caer en el olvido a uno de sus mejores servidores.

 

Desde su llegada de Lima en 1730 la ahora viuda residió en el Puerto de Santa María, calle Larga nº70, donde vivía con sus hijos, un número indeterminado de sirvientes, un hombre llamado Antonio de Lezo, al que denominaban "esclavo negro", y un hermano de Don Blas, Francisco.

 

Doña Josefa murió el 30 de junio de 1743. Fue enterrada en el Convento de Santo Domingo, en la calle del mismo nombre.

Patio del Convento de Santo Domingo, en el Puerto de Santa María, Cádiz


En el año 1752 sus hijos Blas Fernando, Josefa, Agustina, Tomás e Ignacia, vendieron las acciones de la Compañía Guipuzcoana de Caracas que les había dejado Don Blas en testamento en la ciudad gaditana antes de partir hacia Cartagena de Indias. Un dinero que, sin duda, les sería de mucha necesidad durante esos años. Don Blas, además de buen marino, había sido un previsor e inteligente inversor: los hijos consiguieron un 36% de beneficio sobre el precio de compra de las acciones realizado por su padre años antes.

 

Con el paso de los años, las gestiones del hijo primogénito, el apoyo de algunos amigos de su padre y los buenos oficios del ministro Ricardo Wall y Devreux, se hizo posible revisar la condena de Don Blas y que el rey Carlos III, queriendo que fuera apreciado por su gesta en Cartagena de Indias, y en su reconocimiento, en 1760 concedió al. hijo primogénito, Blas Fernando de Lezo y Pacheco, el título de Marqués de Ovieco en recuerdo de los méritos de su padre. Al primogénito, además, le concedía empleo en la Corte.

 

La Carta de Concesión del marquesado de Ovieco está fechada el 27 de agosto de 1760 y dice así:

 

Para recompensar los distinguidos servicios que hizo à la Corona, por espacio de quarenta años, el Theniente General de Marina Dn. Blas de Lezo, y con especialidad el de aver contribuido su valor y admirable conducta à salvarla la Plaza de Cartagena de Yndias en el famoso sitio, que la pusieron los Yngleses en el año de mil setecientos y quarenta, de que fueron rechazados, si con mucha gloria de las armas de tierra, nada menos de las de mar, que estubieron à su mando; y para asegurar en su ilustre Familia la buena memoria de sus meritos:  hè tenido à bien hacer merced de titulo de Castilla à su hijo Dn. Blas de Lezo y Pacheco, que me sirve con aplauso en el empleo de conductor de embajadores, para si, y sus succesores perpetuamente, nacidos de legitimo matrimonio, libre de lanzas y medi-anata en lo que toca à su persona. Tendrasse entendido en la Camara, para darle los Despachos correspondientes.

 

En Sn. Ildefonso à 27. de Agosto de 1760

Al Obispo Governador del Consejo

Expediente del Título de Marqués de Ovieco. Ministerio de Justicia de España. Exp. 1813, Caj. 204-4

Así pues, Don Blas Fernando de Lezo y Pacheco, hijo primogénito del gran marino don Blas, fue quien recibió el título de Marqués de Ovieco y de Vizconde de Cañal, este último otorgado en El Pardo, el 27 de febrero de 1762, siendo la primera persona que ostentó el título y no el propio Don Blas como erróneamente se informa algunas veces. El escudo de armas del marquesado de Ovieco presenta cuatro cuarteles y corona.

 

Uno de los más antiguos documentos donde ser registra este título es en el recopilatorio Creación, Antigüedades y Privilegios de los Títulos de Castilla que escribe el D.D. Joseph Berni y Català, del año 1769.


 

 

Retrato de Don Blas de Lezo y Olavarrieta

 

Museo Naval de Madrid

Este error, puede haber sido generado por un retrato de este personaje que se encuentra en el Museo Naval de Madrid, donde se representa su busto con la siguiente inscripción:

“Sr. D. Blas de Lezo, ilustre y entendido marino, célebre por su intrepidez y constante heroicidad en los combates de mar y tierra; siendo guardamarina perdió el año de 1704 la pierna izquierda y de teniente de navío el ojo izquierdo por heridas recibidas en el sitio de Tolón. Mandando una fragata batió y rindió al navío de guerra inglés Stanhope en 1712 y en el 2.º sitio de Barcelona perdió un brazo en uno de los encuentros con el enemigo. Contribuyó a las reconquistas de Mallorca y Orán en la Costa Firme ya de Teniente General, fue el heroico y glorioso defensor de Cartagena de Indias, contra el formidable armamento inglés mandado por el Almirante Vernon cuya orgullosa arrogancia logró Lezo abatir bajo el pabellón español. En justa recompensa de esta valerosa defensa le concedió el rey y a sus descendientes el título de marqués de Ovieco, y para perpetuar su memoria en la Armada hizo donación de este retrato al Museo Naval su sucesor directo D. José de Lezo y Vasco G marqués de Ovieco”.

Don Blas de Lezo y Olabarrieta. Estudio genealógico e historia familiar. María Inés Olaran Múgica. Máster en Derecho Nobiliario y Premial, Heráldica y Genealogía. UNED, España. 2009.


Gracias a los privilegios del marquesado y por consiguiente a la mejora económica de la familia, Don Blas Fernando pudo hacer frente a los pleitos en el Corregimiento guipuzcoano para evitar que la casa solar originaria del linaje de los Lezo fuese embargada por el compromiso contraído por Pedro de Lezo en 1695 para conseguir la desanexión de Pasajes de San Pedro de la jurisdicción de San Sebastián. Es posible que de no haber sido honrado con el marquesado hoy día quizás no sabríamos cuál fue el lugar de origen del defensor de Cartagena de Indias.

 

Don Blas Fernando murió el 4 de enero de 1790 a la edad de 60 años.

 

El segundo marqués de Ovieco será don Blas Alejandro de Lezo y Castro.

 

El heredero de este y III marqués de Ovieco fue don Blas de Lezo y Garro.

 

El donante del cuadro del Museo Naval, que hemos visto un poco más arriba de estas líneas, es José María Miguel de Lezo y Vasco Garro Sarriá, IV marqués de Ovieco.

 

En la actualidad el título lo ostenta desde noviembre de 2011 don Antonio Marabini Martínez de Lejarza.

Sin embargo España, tantas veces ingrata con muchos de sus grandes servidores, se olvidó de don Blas. Y lo hizo sin saber que había salvado su imperio. Los defensores de Cartagena de Indias son responsables de que hoy día en Sudamérica se hable la lengua española, lo cual no podríamos decirlo de haber tenido éxito el ataque inglés. El aserto no es gratuito: recuérdese el caso mucho más reciento de Filipinas donde hoy la lengua española es prácticamente testimonial después de haberse usado allí de la misma manera que fue usada en Sudamérica; y todo porque una de las primeras cosas que hicieron los estadounidenses tras abandonar España el archipiélago fue llevar profesores para implantar rápidamente entre la población la lengua inglesa.

 

Sólo en Colombia y en la Armada española Lezo no fue ignorado. Inexplicablemente se condenó a Don Blas a la desmemoria entre los más oscuros rincones de la historia. Tan sólo ahora, en el siglo XXI, 270 años después, se ha despertado interés en divulgar su vida y la historia de servicios a España de Don Blas, así como en recuperar su figura para conocimiento colectivo de todos los españoles.

 

Ha sido una muestra palpable, particularmente injusta y  triste, de la desmemoria histórica de España.

 

No obstante, en el año 1955 el gobierno español regaló una estatua de Blas de Lezo al gobierno colombiano. El monumento que inmortaliza al marino fue colocado a los pies de lo que fue y es hoy el castillo de San Felipe de Barajas, en Cartagena de Indias. Su mano izquierda porta una espada que señala la dirección por la que entró la flota inglesa en la bahía.

 

 

 

 Pero … ¿qué solicitó Don Blas en los momentos de agonía durante aquellos días cercanos a su muerte en 1741?

Entre sus últimas voluntades y sus tormentos en el lecho ¿qué pidió?

¿Qué solicitó apagándose sus días entre la injusta y triste soledad apenas acompañado por alguno de sus leales oficiales de marina?

Uno de los últimos deseos de Blas de Lezo fue que se colocara una placa en las murallas de Cartagena de Indias.

 

 

Con una leyenda precisa, clara, rotunda. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hubiera querido Don Blas que se colocase en 1741.

Entonces, moribundo, lo pidió a su fiel Lorenzo de Alderete, oficial de marina, para que le comunicara al virrey, quien sólo mostró indeferencia.

"Desvaría", dicen que fue todo lo que dijo Eslava.

Y después la ingrata España le negó durante tantos años su última voluntad.

 

En 1955 se cumplió su deseo al colocarse cuando el gobierno español regaló la estatua de Don Blas situada a los pies del castillo de San Felipe de Barajas.

 

214 años después.

 

 

 

 

 

Recientemente una iniciativa civil española le ha homenajeado con otra placa, un honor a su memoria que le ofrecieron conjuntamente españoles y colombianos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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Comentarios: 7
  • #1

    Rafael (domingo, 14 septiembre 2014 17:37)

    Es la misma historia de siempre de nuestra amarga nación , gracias a vosotros por saber más de nuestros valerosos antepasados, ya que, ni en la escuela los maestros sabrán algo de tan alto personaje.

  • #2

    Juan ignacio Domínguez Gil (lunes, 27 abril 2015 09:38)

    Veo que me nombra en su web y tengo que decirle que en esa publicación hay algunos errores que, tras investigación exhaustiva, se corrigieron y se expusieron en una conferencia celebrada en El Puerto de Santa María en noviembre de 2011.
    Paso a relacionarle algunas consideraciones que, si lo desea, puede enmendar en la biografía y, más adelante, le enviaré otras:
    . Blas Fernando de Lezo fue bautizado por el arzobispo Morcillo el día 1 de julio de 1726. Posteriormente nacería Antonio, que falleció muy pronto, y Josefa Antonia, también nacidos en Lima (todavía estoy investigando en Cádiz el asunto de los hijos).
    . El suegro de D. Blas no les ayudó para volver a España. Ya había fallecido. Sí lo haría D. Tomás de Salazar –tutor de Dña Josefa-, o su hermano Francisco de Lezo, también militar y padre del futuro arzobispo de Zaragoza Agustín de Lezo y Palomeque., nacido en Lima en 1724.
    D. Blas y su familia vivieron el Cádiz de 1730 a 1736, posiblemente en alguna de las casas de D. Santiago Irisarri. El recién ascendido a Tte. Gral. fue padrino de una de las hijas del factor-director de la Compañía Guipuzcoana de Caracas. También Lezo le otorgó poder para testar.
    . La familia de D. Blas vivió en la calle Larga donde ahora está el nº 72 (y no el 70) de El Puerto de Santa María hasta 1743, año del fallecimiento de Dña Josefa.
    Saludos

  • #3

    jose luis spath (viernes, 11 septiembre 2015 19:23)

    quiero toda la informacion sobre este tema

  • #4

    albertg (jueves, 07 abril 2016 14:20)

    Parece, enteramente, la historia real de un tal Jack Aubrey, que Patrick O'Brian escribió para mayor panegírico de la Royal Navy, trasponiendo lo español en inglés y conservándole algo más la figura al marino ; a pesar de ser él mismo irlandés. poco amigos -en general- de los ingleses. Y, para terminar, DELENDA feminismo radical = HEMBRISMO = delito de lesa humanidad.

  • #5

    Sonia (sábado, 16 abril 2016 18:19)

    Me ha encantado leer la biografía de este gran vasco que fue Blas de Lezo. Me parece de vergüenza ajena la forma en la que murió y su olvido. Por mucho que ahora le quieren y me parece de justicia, el hacerle honores ahora, esos ho ores los merecía en vida. Y para acabar, es muy triste que no sepan donde están enterrados sus restos. La familia de su muner podía haberle dado un entierro digno.

  • #6

    Bellido Dolfos (domingo, 24 marzo 2019 08:01)

    Mus respetos al bravo Don Blas

  • #7

    Bellido Dolfos (domingo, 24 marzo 2019 08:13)

    Ah... y la expresión DELENDA viene del latin y significa "la que debe ser destruida": vg. (Solo ejemplificativamente) Delenda est Carthago, atribuida a un célebre emperador romano o la más reciente Delenda est Britannia atribuida a un importante funcionario de la UE.

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