Pedro Menéndez nació en la villa asturiana de Avilés en el año 1519 en el seno de una familia hidalga. Su padre había luchado con valor en la guerra de Granada al lado de los Reyes Católicos en la expulsión del último reducto árabe en la península ibérica. Así nos describe la casa y el lugar el cronista Gonzalo Solís de Merás:


Casa natal de Pedro Menéndez en la villa de Avilés, hoy destinada a Escuela Municipal de Cerámica

  … Pedro Menéndez es hijodalgo é de padres principales, descendiente de casas de solares de las antiguas de Asturias de Oviedo, donde es su naturaleza y de sus descendientes: tiene una de las más antiguas casas que hay en aquella tierra, que es la casa de Doña Paya …   y ansí se llama Monte de Rey donde ella está situada … y dos leguas de allí está la villa de Avilés … y la herencia que heredó de sus padres fué la mesma casa de Doña Paya y su distrito, y porque tuvo veinte hermanos y hermanas, dividióse la hacienda, de manera que todos quedaron pobres …   (El Memorial. que hizo el doctor Gonzalo Solís de Merás, de todas las jornadas y sucesos del Adelantado Pedro Menéndez de Avilés su cuñado y la Conquista de la Florida y Justicia que hizo en Juan Ribao y otros franceses  1565) .


En adelante, me referiré a esta obra como MEMORIAL.


Y más adelante añade: Las casas antiguas de solares más cercanas de quien el Adelantado deciende, demás de la de Doña Paya, que es suya y la tiene, son la de los Cascos y Avileses, Valdeses y Menéndez Arango, Bustio y Vegil, y ansí tiene en sus armas por rétulo: “Los Menéndez son Valdeses, antigualla de los Cascos, su apellido Avileses, Consejeros de Pelayo”. Todas las cuales casas tienen por prencipal de sus armas, y ellas y éstas todo es una por las razones expresadas, aunque todas, por emparentarse en otras prencipales, se tienen por tan prencipales como ella. (MEMORIAL, Solís de Merás)

 

Cuando Pedro era apenas un crío las historias sobre corsarios y piratas franceses que amenazaban los barcos españoles estaban en boca de todos a lo largo de los distintos puertos de la cornisa cantábrica. No es extraño, por tanto, que la imaginación de aquel niño volara sin remedio hasta el mar abierto y pasara las horas soñando con hundir en las profundidades las naves del enemigo francés.

 

Un sueño que el destino tuvo a bien concederle.

 

Su madre, al quedar viuda, volvió a contraer matrimonio y Pedro, que aún era niño, quedó al cuidado de un familiar que debía encargarse de su educación. Sin embargo, el pequeño Pedro tenía otros planes, así que decidió escaparse de su tutor. Tardaron varios meses en encontrarle, hasta que finalmente apareció en Valladolid.

 

Vemos que desde muy joven Pedro Menéndez manifestó los dos rasgos de mayor peso en su personalidad: su carácter, intrépido y decidido, y su vocación al mar. Sin haber cumplido los 14 años se escapó de su casa y se dirigió a Santander donde consiguió alistarse como grumete en una flota española encargada de combatir a los corsarios y así, empezando desde lo más bajo, inició su carrera de marino luchando por limpiar el Mar Cantábrico de piratas y corsarios, principalmente franceses, que infectaban aquellas aguas. El joven grumete no podía saberlo, pero aquel fue el inicio de una exitosa carrera que llevaría a ser uno de los más grandes en la historial naval española.

 

Después de dos años en el mar en lucha contra piratas y corsarios, aprendiendo el arte de marear y los secretos de la guerra naval, regresa a su villa natal. Pero no lo hizo por miedo o cansancio, sino porque su inquieta mente había trazado un plan: reclamaría la herencia paterna a la que tenía derecho y con aquel dinero compraría su propia embarcación.

 

Su familia, temiendo que escapase nuevamente y con el fin de asentarle en la villa, le obliga a casarse con una niña de 10 años llamada Ana María de Solís. Pero a las pocas semanas vendió parte de su hacienda, logró comprar un patache, una embarcación modesta pero rápida, y convenció a miembros de su familia para llevarlos en su compañía. Uno de sus compañeros de aventuras era su cuñado y sobrino, Gonzalo Solís de Merás, que con el tiempo sería cronista de los hechos que vivió en primera persona. Desde entonces, Pedro Menéndez se lanzó a la vida de marino   ... y con sus amigos se metió en corso aventurero, donde tuvo é hizo cosas muy venturosas é notables que serían muy largas de contar.  (MEMORIAL, Solís de Merás).

 

Así pues, la vida de hombre casado no consigue retener en casa a Pedro Menéndez. Con solo 19 años armó su patache con 50 hombres y con esa nave consigue apresar a dos buques corsarios franceses en la bahía de Vigo que habían capturado tres naves españolas, liberando así a 60 españoles que transportaban como prisioneros. A partir de este momento su carrera es imparable y su nombre se convirtió en una leyenda en aquellas aguas del norte. No había puerto ni embarcación que no estuviera al tanto de sus hazañas.

 

En 1544 (Pedro Menéndez tiene 25 años) el corsario francés Jean Alphonse de Saintonge, en una de sus incursiones, apresa nada menos que 18 buques españoles por aguas de Finisterre y los lleva hacia La Rochelle. Enterado de ello, Menéndez zarpa en busca del corsario, persiguiéndolo hasta que Saintonge se refugia en el puerto francés. Con la audacia de la juventud, todo decisión, Pedro no duda en penetrar en La Rochelle, aborda la nave capitana corsaria Le Marie, entabla combate personal con Saintonge, da muerte a este, y sale del puerto de La Rochelle con 5 buques recuperados (algunos afirman que recuperó los 18 buques)  haciendo caso omiso a las amenazas del gobernador del puerto y a pesar de las fuerzas francesas allí presentes.   La criatura.

 

 

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Arriba, de izquierda a derecha, localización de La Rochelle en la costa francesa (Google Maps). Plano de La Rochelle en 1573, de autor anónimo (Biblioteca de la Universidad de Salzburgo).  El puerto de La Rochelle, óleo de Jean-Baptiste Camille Carot, de 1851. A la izquierda, vista actual de las torres de entrada al puerto viejo de la ciudad francesa. La Rochelle era un puerto importante y viejo conocido en la historia naval española pues allí se libró, en 1372, una batalla donde las naves castellanas consiguieron una enorme victoria frente a las inglesas, siendo la primera batalla naval donde consta el uso de artillería embarcada, precisamente en naves castellanas.

 

 


Y para no enfriarse (que diría el escritor y académico Arturo Pérez-Reverte), pronto ocurrió un nuevo episodio:


El referido Jean Alphonse de Saintonge tenía un hijo, no menos valiente que su padre, llamado Antonio Alfonso, el cual, considerando como un deber suyo vengar la muerte del autor de sus días, y sabiendo que Pedro Menéndez había partido para América, fue con tres navíos bien armados á esperarlo á las islas Canarias. Dióse el combate en Santa Cruz de Tenerife, con tan mala fortuna para Antonio Alfonso, que cayó hecho pedazos por una bala de cañón, y Pedro Menéndez apresó sus tres embarcaciones.  (La Florida. Su conquista y colonización por Pedro Menéndez de Avilés. Eugenio Rudíaz y Caravia, Madrid, 1893. En adelante, me referiré a esta obra como LA FLORIDA) . 


Carlos V sentado, por Tiziano,1548. Alte Pinakothek, Munich.

 

En España es Carlos I, sin duda, pero rechazo llamarle Carlos V de Alemania en referencia a su otro título, dado que Alemania no existía entonces. Lo adecuado es llamarle Carlos V Emperador del Sacro Imperio Romano-Germánico.

El emperador Carlos I de España, informado de los hechos, toma a Menéndez a su servicio con el encargo de que limpiara de enemigos todo el Mar Cantábrico, sin cortapisas, concediéndole una patente de corso que ---algo fuera de lo común---   permitía al asturiano quedarse con todo lo que pudiera capturar sin tener que entregar nada ni al emperador ni a la Hacienda. Menéndez se dedicó con ahínco a la misión encomendada limpiando de piratas y corsarios prácticamente todo el Cantábrico.

 

Así nos lo explica Solís de Merás :  … y por entender   (el emperador Carlos I)  que franceses corsarios le habían de perseguir, quiso darle autoridad y dióle título para que … pudiese seguir corsarios, y los bienes que les tomase, fuesen suyos y de sus herederos …   (MEMORIAL.  Solís de Merás)


 

 

 

 

En 1552, Menéndez realiza travesías atlánticas a las Indias, conduciendo dinero, tropas o elevados personajes. Estos viajes aumentaron sus conocimientos del mar y le dotaron de mayor experiencia en la navegación. También fue en aumento la confianza del monarca en él. Durante este tiempo …reconoce, sondea y explica multitud de accidentes y pasos marítimos, y traza curiosísimas cartas de marear, aprovechadas por los cosmógrafos que le siguieron …     (LA FLORIDA. Eugenio Ruidíaz ).

 

La reputación de Pedro Menéndez llegó a ser tan notoria que el mismísimo Carlos I le encomendó que fuese él quien le transportara por mar a Flandes en 1554, lo que significaba mandar toda una escuadra y su convoy, porque junto al emperador viajaban toda una cohorte de secretarios, altos cargos y personas de su confianza, además de su guardia personal. No en vano, Carlos I sabía que poco podía temer en una travesía por mar porque su súbdito asturiano lo había limpiado de corsarios. Y así fue: nadie se atrevió a interrumpir el paso de la escuadra de Pedro Menéndez.

Retrato de Felipe II de España, por Tiziano. 1551. Museo del Prado, Madrid.

Retrato de María I de Inglaterra, por el Maestro John, 1554. National Portrait Gallery, Londres.

También en 1554 se celebraría la boda entre el príncipe Felipe, futuro Felipe II rey de España y sucesor de Carlos I, con María I Tudor, reina de Inglaterra.

 

Felipe nombró a Menéndez Capitán General de la flota de Indias é por su Consejer, para que fuese sirviendo dende la Coruña á Inglaterra, cuando fue á casar con la C.R. María de Inglaterra, y ansí le sirvió muy bien.

(MEMORIAL. Solís de Merás).

 

El cargo de comandante de esa flota suponía la responsabilidad de trasladar a Felipe a Inglaterra y el cargo de consejero implicaba estar presente en cuantos encuentros tuvieran lugar en cuestiones de acuerdos matrimoniales, así como en el propio desposorio (por esta boda, celebrada en julio de 1554, Felipe II fue rey de Inglaterra durante más de cuatro años).


A su regreso, Pedro Menéndez pasó a Sanlúcar de Barrameda para tomar el mando de una flota para las Indias que zarpó el 15 de octubre de 1555, regresando meses después, ya en 1556, sin contratiempos y cargado de productos para el comercio. Durante un tiempo fue capitán de la flota del virrey del Perú.

 

Al abdicar Carlos I en su hijo Felipe II en 1556 el nuevo rey mantiene a Menéndez a su servicio y lo nombra Capitán General de la Escuadra de la Guarda de las Costas, por lo que se hizo al mar rumbo a Flandes, custodiando aquellas aguas durante un tiempo en las mismas narices de los franceses. Desembarca en Calais y participa con sus tropas en la célebre Batalla de San Quintín (10 de agosto de 1557). Cesa en el mando de esa escuadra al firmarse la paz en 1559.  Solís de Merás nos dice:


… se resolvió á hacerse á la vela el día 9 de Junio con las 4 naos que allí había (se refiere a Laredo), cargando en ellas la infantería y dinero referido (1.500 soldados y 1.200.000 ducados); y escoltando los navíos de lanas (24 barcos), encontró la escuadra de Pie de Palo, famoso corsario, que constaba de 8 navíos corsarios, á los cuales hizo huir, usando notables ardides, menos uno, que echó a fondo. Siguió su viaje, llegó en quince días á Douvres, desembarcó en Calais el dinero é infantería, y los navíos de lana se fueron a Gelanda …  (MEMORIAL. Solís de Merás)

 

Son numerosos los servicios que realiza en esta época. Por ejemplo, en una ocasión trae de Flandes a España 27 naves mercantes escoltándolas con sólo dos galeones y cuatro pequeñas embarcaciones menores. En esta misión tuvo que vérselas con otros corsarios: le salió al paso una enorme escuadra francesa compuesta de 12 galeones y un patache que se lanzaron contra sus buques escolta sin conseguir nada pues Menéndez los burló a todos y, no obstante, viró para volver en busca de los 27 mercantes para no desampararlos, llegando finalmente a Laredo sin haber perdido ni un alfiler.

 

De esta época data una de las mejores aportaciones de Pedro Menéndez a la historia naval española: diseña el modelo de flotas de Indias partiendo de su propia experiencia y del conocimiento que tenía sobre el funcionamiento del sistema de convoyes en los años previos a 1556. Menéndez no inventaba nada sino que su gran mérito fue detallar por escrito, sistematizar, ayoyar y ratificar un modelo naval que serviría de base para legislar pocos años después, entre 1561 y 1564, el sistema de flotas de la Carrera de Indias.

 

En su modelo se indicaban todo tipo de detalles, aunque algunos variaron en la legislación final. Por ejemplo, Menéndez proponía dos fechas de partida: una, a principios de abril y otra a primeros de octubre. Finalmente quedaron establecidas dos salidas: abril y agosto. En cambio, no se varió de la propuesta de Menéndez el detalle de la denominación de las flotas: en realidad no habría una flota de Nueva España y otra de Tierra Fireme, sino que  formarían una sola que navegarían juntas y al llegar a Antillas se dividiría en dos, una rumbo a Nueva España y otra con destino a Tierra Firme.

 

El trabajo de Menéndez en su propuesta de flotas de Indias indicaba minuciosamente todos los detalles: número de oficiales que debían navegar, número de alabarderos, trompetas y pífanos; señalaba el problema de contar con marinería adecuada y buenos pilotos;  también indicaba que el segundo debía navegar en barco distinto al mando supremo, el tiempo que debían estar los mandos supremos a cargo de la flota, quién tendría competencias para actuar contra el mando en caso de proceso judicial, el armamento que debían llevar los barcos, el tonelaje de los mismos, la composición de la escuadra ofensiva que debía acompañarles en tiempo de guerra, la antigüedad máxima de los buques que debian hacer la Carrera de Indias, los pros y contras de la escala en Azores, etc. etc. etc.

 

Este prolijo informe de Menéndez es un tesoro documental que se guarda en el Archivo General de Simancas y se titula  Memorial sobre la navegación de las Indias, hecho por Pedro Menéndez de Avilés, que fue por capitán general a la Nueva España y vino de ella, año de 1556(AGS, Consejo de Castilla 46, doc. 38.)

 

Durante todo ese tiempo el monarca no cumple muchas de las promesas que le había hecho de recompensar sus servicios. Aún así, se le asigna a Pedro Menéndez una nueva e importante misión: se le informa que el capitán Lope de Aguirre se ha proclamado rey del Río Amazonas, habiendo dado muerte al gobernador Ursúa y hecho suya a la esposa de dicho gobernador. Asimismo había cometido otros desmanes, como abusar sexualmente de la hija del Ursúa, que a la sazón sólo tenía 12 años. Tras haberse enfrentado a casi todas las tribus del río Amazonas, Aguirre se había establecido en la desembocadura del gran río americano protegido por su grupo de fieles, llamados “los marañones”. Así, en 1561, Menéndez se hace cargo de una gran flota de Indias que zarpa de Cádiz rumbo a La Habana con la misión de traer metales desde México hasta la península. Tiene también la misión de atrapar al rebelde Lope de Aguirre y hacerlo regresar a España.

 

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AMERICAE SIVE QVARTAE ORBIS PARTIS NOVA ET EXACTISSIMA DESCRIPTIO.

The Library of Congress, EE.UU.

 

Este es un magnífico mapa de América y de las costas atlánticas que está fechado en 1562 y cuyo autor es Diego Gutiérrez, cosmógrafo de la Casa de Contratación (Sevilla). Fue  realizado por encargo del rey Felipe II.

 

Presenta figuras alegóricas e imaginarias criaturas marinas. Aunque es un trabajo muy prolijo,  el continente americano aún debía explorarse en adelante mucho más tiempo y se aprecian desproporciones en diversos lugares como Florida y México. El río Amazonas se dibuja llamativamente serpenteante. También se observa muy resaltada la línea ecuatorial.

 

Cuando Menéndez llega al Caribe divide la flota: envía una parte a Panamá al mando de su hermano Bartolomé Menéndez, mientras que él se dirigiría a México. Cumplida la misión comercial, zarpa con dos naos y 120 soldados para atrapar a Lope de Aguirre. Cuando llegó resultó que Aguirre ya había muerto en combate con los indios, los cuales le habían cortado la cabeza, que tenían exhibida en una jaula en el centro del poblado.

 

Por tanto, regresa a España.

 

 

 

 

Recién llegado a Cádiz pide permiso para regresar en busca de un buque perdido mientras una flota navegaba por el canal de Bahamas, pero el permiso le fue denegado. En ese buque viajaba su hijo, llamado Juan, también marino como su padre.

 

En lugar de ese permiso, sorprendentemente, ocurre un oscuro episodio de competencias, envidias y celos.

 

Sin mediar denuncia alguna, Menéndez es detenido por orden de la Casa de Contratación de Sevilla. También fue detenido su hermano Bartolomé. Pasaron un tiempo en la cárcel sin conocer los motivos de su detención ni ser juzgados (sin duda, tuvo mucho que ver el secular problema característicamente español de la envidia y los celos como motores de desconfianza). Después se enteran de que se les acusa de contrabando y de unos enreversados problemas de competencias institucionales. Un amigo de la familia llamado Martín Alonso, que hasta entonces había sido oficial de la Casa de Contratación, decidió renunciar a su cargo para ejercer de abogado de los hermanos, pero los trámites burocráticos –había que copiar uno a uno todos los documentos con las acusaciones-- se alargaron a propósito para retenerles en prisión.

 

Mientras tanto, Bartolomé enfermó. Ante el mal estado de su hermano, Pedro Menéndez se puso en contacto con amigos suyos, los cuales le comunicaron la situación al rey Felipe II. Este ordena que sean juzgados inmediatamente. Poco después, y sin tener del todo claros los motivos de la acusación, los hermanos son condenados a pagar multas de 1.000 (Pedro) y 200 (Bartolomé) ducados de oro, siendo así liberados. La multa, aunque era una cantidad elevada para la época, es la más insignificante que ha dictado la Casa de Contratación en toda su historia; para los acusados por la Casa la condena mínima era perder sus bienes y la condena normal el ajusticiamiento.

 

El origen del citado proceso fue el siguiente: los Oficiales de la Casa de la Contratación de Sevilla gozaban de la prerrogativa de elegir los Generales de las flotas de Indias, a quiénes daban los mismos Oficiales instrucciones relativas a lo que debían hacer durante el viaje; y como quiera que Felipe II, sin contar con el parecer de aquel Tribunal, nombró, contra la costumbre establecida, Capitán general de la flota de Indias a Pedro Menéndez de Avilés, consideráronse ofendidos, suponiendo que el Monarca, a instancias de aquel, había mermado los privilegios de que los repetidos Oficiales gozaban.   (LA FLORIDA. Eugenio Ruidíaz)

Vista de la ciudad de Sevilla. Esta imagen de la verdadera capital del mundo en el siglo XVI se atribuye al pintor valenciano Alonso Sánchez Coello. El lienzo, que pertenece al Museo del Prado, actualmente está en depósito en el Museo de América, Madrid.


 

En resumen: un tipo de problema que siempre se nos ha dado muy bien a los españoles. Hoy día se nos da mejor que nunca.

 

 

 

 

Felipe II le nombró General de la Carrera de Indias, además de consejero, sin dejar de prometer recompensarle por los servicios que le había prestado y hacer “demostración por el agravio que se le había hecho, porque bien entendido estaba en todo su Reino había sido acusado falsamente” , según le escribía el monarca en su correspondencia con el marino asturiano.

 

Corría ya el año 1565. Menéndez vivía un periodo de relativa calma manteniéndose como consejero del rey Felipe II, con el que despachaba infinidad de documentos, leyendo otros o dando su parecer sobre lo conveniente de cada caso. Hasta que en una ocasión cayó en sus manos un documento sobre La Florida: Felipe II proyectaba colonizar aquella tierra. Menéndez estaba convencido de que su hijo Juan, tras perderse su buque en el canal de Bahamas, en la ruta de la flota de Indias de regreso a España, se había salvado y de alguna manera pudo alcanzar la costa, donde estaría preso de alguna tribu india de La Florida.  Y llevaba ya mucho tiempo sin saber de él.

 

Se ofreció al rey para dirigir la empresa. Rogó se le concediese licencia para ello. Finalmente, Felipe II confió el proyecto en el marino asturiano, nombrándole Adelantado. Pero el rey, para no desmerecer la fama de “generosidad” de la que gozaba la Casa de Austria, solo aportaría un buque y el resto de todo lo que se necesitase correría por cuenta y riesgo de Menéndez (este “sistema” era habitual en aquella época). A pesar de todo, el asturiano aceptó de inmediato.

 

Hay que señalar en este momento algunas precisiones. Menéndez no es el descubridor de la Florida, pero sí es quien la conquistó y colonizó para España. Antes de él, otros exploradores españoles habían intentado adentrarse, sin éxito, en aquellos territorios.

 

Así, Juan Ponce de León, además de pasar a la Historia como el conquistador de Puerto Rico, también sería el descubridor de la Florida. En una expedición fue atacado por los indios y murió poco después.

 

Otro de los españoles que llegaron a La Florida antes que Menéndez fue Alvar Núñez Cabeza de Vaca, que estaba a las órdenes del Adelantado Pánfilo de Narváez; la expedición fue un fracaso y no lograron establecerse en aquellas tierras, aunque un pequeño grupo logró explorar parte de Florida y la actual Texas.

 

También lo intentó Lucas Vázquez de Ayllón; intentó establecerse con 600 colonos en los actuales estados de Virginia y Carolina del Sur, pero la colonia que fundaron, San Miguel de Guadalupe, no prosperó.

 

Otro de los conquistadores que lo intentó fue Hernando de Soto, compañero de Pizarro en Yucatán y Perú. Hernando recorrió parte de la Florida y los actuales Estados Unidos meridionales, viajando con fines exploratorios por los actuales estados de Georgia, Carolina del Sur, Carolina del Norte y Tennessee. No consiguió establecer una colonia en Florida, muriendo de fiebres.

 

Finalmente, Tristán de Luna y Arellano, ya en 1557, recibió el encargo de explorar el actual estado de Georgia y establecer allí un asentamiento, pero tal asentamiento, Santa María, se encontraba mucho más al oeste, en las costas de Pensacola, en el Golfo de México.

 

Resumiendo, direemos que tras el descubrimiento de Cristóbal Colón los españoles se habían afanado en explorar y conquistar el Golfo de México y el Atlántico. Cortés logró la conquista de Nueva España y otros conquistadores se lanzaron a la exploración del centro y del sur del continente americano. Sin embargo, la colonización de Norteamérica se convirtió en una tarea mucho más lenta y ardua.

 

 

 


Pero volvamos con Menéndez. El marino asturiano se dedicó a preparar la expedición, que difícilmente podía financiar sin contar con las ayudas de su familia y amigos, además de endeudarse gravemente. En los puertos de Gijón, Avilés y Santander solicitó la construcción de naos. Paralelamente buscó tripulaciones, preferentemente hombres curtidos por el mar, duros y de pocos temores. También se desplazó a Cádiz, donde siempre había capitanes con sus buques dispuestos a iniciar una nueva aventura. Contrató a varios de ellos.

En estos preparativos se encontraba el Adelantado cuando el rey Felipe II le ordena expulsar a los intrusos de religión protestante que se encontrasen en La Florida o en cualquier rincón de Indias. Esto era debido a que hacía tan solo un año que una expedición francesa al mando de René Goulaine de Laudonnière, formada por protestantes hugonotes que huían de las sangrientas guerras de religión francesas, se había asentado en un lugar al que llamaron Fort Caroline desde el que, aliados con unos caciques indios, se dedicaban a atacar colonias y barcos españoles, lo que decidió al rey a aprovechar la expedición de Menéndez para castigarlos y expulsarlos de allí.


Para Felipe II no había duda alguna: por derecho de conquista y por declaración de la Santa Sede, el rey de España era dueño y señor, único y legítimo, de todo el continente americano excepción hecha de Brasil, que estaba adjudicado a Portugal. Felipe II no podía, pues, consentir que extranjeros, además de no católicos, fundasen un establecimiento que amenazaba al comercio de las Antillas y de América central. Aquella inmigración francesa y de religión protestante era un doble atentado contra su fe y su señorío. Además, esos franceses piratas eran herejes que difundían sus erróneas creencias entre los que, no por ser salvajes aún, dejaban de ser vasallos suyos.

Retrato de Felipe II, obra de Sofonisba Anguissola, 1564. Museo del Prado, Madrid


Por tanto, el rey español consideraba una prioridad la expulsión de los franceses de la costa de Florida y la eliminación de cualquier presencia hereje allí.  El problema exigía solución inmediata. Y para solucionar el problema debía echar mano de un buen marino y hombre de su confianza. Entre nuestros mejores marinos de entonces se encontraba el recién nombrado Adelantado, a quien le encarga registrar toda la costa de Florida y descubrir las ensenadas, puertos y bajíos que en ella hay, para se marcar precisamente y poner en las cartas de marear, porque de no se haber hecho esto, se habían perdido muchas naos que iban y venían á las Indias, con muchas riquezas é gente y muchas armadas que el Emperador, de gloriosa memoria, su padre y S.M. habían hecho para la conquista é población de aquella tierra de La Florida.

 

Aún en Cádiz, Pedro Menéndez recibió una comunicación del embajador español en Francia: el capitán Jean Ribault había zarpado de La Rochelle hacia La Florida con tres barcos grandes y 600 personas, entre hombres y mujeres. Pésima noticia que aceleró las cosas porque para el Adelantado el éxito de la empresa dependía de que los franceses ignorasen los propósitos de su armada para no darles tiempo de prepararse para la defensa aumentando sus fortificaciones en La Florida.

Galeaza y galeón de mediados del siglo XVI, por Rafael Monleón y Torres (1843-1900). Este pintor, especializado en paisajes marinos, también era piloto naval y restaurador de Museo Naval de Madrid (a partir de 1870). Fue, asímismo, un pionero en España en la arqueología naval.

Así que ordenó prontitud en el alistamiento de los barcos de Cádiz. Aún con el inconveniente de que la escuadra del Cantábrico no estaba lista, se hizo a la mar sin esperarla. Tras los oficios religiosos, zarpa de Cádiz el 28 de junio de 1565 rumbo a Canarias con una flota de 11 barcos que había conseguido reunir (un galeón y 10 naos), 995 soldados, 4 clérigos y 117 hombres con sus familias y de diferentes oficios con el fin cubrir la mayor parte de las necesidades, habiendo entre ellos labradores para que nada más llegar a La Florida se pudieran poner a trabajar y así alimentar a la futura colonia.

 

La nave capitana era el único buque sufragado por el rey Felipe II: se trataba del galeón San Pelayo, donde embarcaba el Adelantado y 317 hombres. En las Canarias debía unírsele la flota del Cantábrico, comandada por Esteban de Alas.


Dos días después de zarpar alcanzó Cádiz el capitán Luna con 90 hombres más, pero no encontró apoyo en la Casa de Contratación, así que decidió contratar a su costa una nao, con la que buscó la reunión con el Adelantado.

 

Cuando Pedro Menéndez llegó a Canarias se encontró con la sorpresa de que Esteban de Alas había alistado con rapidez su escuadra y estaba esperándole desde la noche anterior. Viajaban con él hidalgos de Galicia, Asturias y Vizcaya, 257 marineros y 1.500 personas, a los que hay que sumar frailes de diversas congregaciones y 26 hombres con sus familias. Alas había reunido también víveres, jarcias, proyectiles y pólvora.

 

No faltó el oficio de la misa para dar gracias a Dios.

 

El cronista Solís de Merás explica que la escuadra en su conjunto constaba de 34 barcos y 2.646 personas. De todo ello, el rey Felipe II solo había sufragado un barco, la paga de 300 hombres y la de 95 marineros. El Adelantado tuvo que sufragar el resto, invirtiendo cerca de un millón de ducados, cantidad descomunal para la época.


Temió Pedro Menéndez que S.M. habría concebido mal dél, por lo que sus menistros dél decían, por haber creído á los malsines, que habían dicho mal del Adelantado, y que estaba en su desgracia, no teniendo dél tan buen concepto como fuera razón; deseaba volver á ganar su reputación, que con tantos trabaxos é peligros é costa de su hacienda, había ganado  ...  y los Capitanes é gente noble que le habían seguido é servido a S.M. en su compañía, verlos pobres é necesitados, sin poderlos remediar, porque él lo estaba también, ninguna cosa que emprendiese le parecía ser dificultosa, en especial esta de la Florida, que era tanto del servicio de Dios Nuestro Señor, é de S.M. é bien general de sus Reinos á donde, por lo bien que sirviese en esto, tenía entendido que cuando el galardón del Rey le faltase, el de Dios Nuestro Señor no le había de faltar  …  como está dicho, que de todos no pagó S.M. más de 300 soldados é un navío; todo lo demás fue á costa del Adelantado, que buscó todo el favor que pudo de deudos é amigos, que le ayudaron muy mucho, entendido ser esta empresa del servicio de Dios é de S.M.; é Pedro del Castillo, vecino é Regidor de Cádiz, grande amigo del Adelantado, se señaló en esto más que todos, en ayudarle con su hacienda é la de sus amigos, que é solo lo dexó endeudado en veinte mill ducados … (MEMORIAL. Solís de Merás). 

 

 

 

 

No comenzó bien el viaje hacia América porque a los dos días de zarpar de Canarias sufrieron un fortísimo temporal que dividió a la escuadra e hizo regresar a dos carabelas a las Canarias. Alas quedó unido a un grupo de cinco buques. El 20 de julio les embistió otra gran borrasca, que obligó a aligerar los barcos y echar al mar buena parte de la carga. El galeón de Menéndez resistió mejor y llegó menos dañado que otros a Puerto Rico el 9 de agosto de 1565 acompañado de un patache. Los demás buques fueron llegando con problemas de diversa gravedad, así que el Adelantado ordenó reparar los buques en lo más imprescindible y urgente antes de zarpar nuevamente hacia la costa americana en busca de los intrusos franceses.

 

Cuando Menéndez toma la decisión de zarpar de Puerto Rico en busca de los franceses aún está lejos de haberse reunido su dispersada escuadra, pues en esos momentos solo dispone de la tercera parte de su gente, e ignoraba si el resto se había perdido con las tempestades o si llegarían los barcos de Asturias y Vizcaya.

Detalle del mapa NOVA ET RECE TERRAUM ET REGNORUM CALIFORNIAE, NOUAE HISPAIAE MEXICANAE, ET PERUVIAE, firmado por M. Tattonus y fechado hacia 1.600.  (The Library of Congress, EE.UU.)


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Mapa de La Florida en 1591. Ilustración del libro LA FLORIDA, de Eugenio Rudíaz, editado en 1893. Es una reproducción del mapa Indorum Floridam Provinciam Inhabitantium Eicones, de Jacques le Moyne & Theodor de Bry.

Mapa de las rutas seguidas por Ribault, Laudonnière y Menéndez. Los franceses trataban de establecerse en la Florida en un lugar muy peligroso para las flotas de Indias, cuya ruta a través del Canal de Bahamas también se indica en el mapa.


 

Durante la travesía de Puerto Rico a Florida ordenó Menéndez que los soldados de su galeón se ejercitasen, de manera que diariamente cada soldado debía realizar tres disparos, con el fin de que perdiesen el miedo a los arcabuces. Ofrecía premios a los que mejor tirasen así como a sus jefes por tener buen cuidado en hacer diestros a sus soldados.

 

Finalmente, avistan el 28 de agosto de 1565 las costas de Florida.

 

Para no perder las costumbres religiosas, puestos todos de rodillas en los barcos se declamó un Te Deum Laudamus, alabando a Dios y suplicándole que les diese sus favores.

 

Desembarcan 20 hombres para explorar el lugar y tienen su primer encuentro con los indios timucuas, que pidieron conocer al jefe de los bajeles. Allí fundaron la misión evangelizadora llamada Nombre de Dios. Se ofició una misa, como de costumbre.

 

Seguidamente buscan un puerto natural donde fondear y fundar la primera colonia. Encontraron un lugar que les pareció de buen acomodo en la desembocadura de un río que ofrecía una dársena, situado 8 leguas al norte de donde habían tenido su primer encuentro con los indígenas. Lo bautizaron como San Agustín, en honor al santo del día.

 

Actualmente, San Agustín es el patrón de Avilés.



IZQUIERDA, localización de San Agustín. CENTRO, mapa norteamericano actual del teatro de operaciones, indicando la localización de los asentamientos español y francés. DERECHA, detalle de un atlas norteamericano actual. El antiguo asentamiento francés (Fort Caroline) estaría en la desembocadura del río San Juan, cerca de la actual Jacksonville.

 

 

A pesar de los esfuerzos de Menéndez por adelantarse a la llegada de los refuerzos franceses del corsario Ribault, la tempestad que les había sorprendido retrasó su avance, así que al llegar a La Florida el francés ya se había sumado a sus compatriotas. Aquel contratiempo no amilanó al audaz marino asturiano, habituado a bregar con los corsarios galos. Los nativos le habían informado que los franceses se encuentraban un poco más hacia el norte, como a unas veinte leguas. Menéndez les colmó de baratijas y los nativos quedaron muy contentos. Los buques se dirigieron al lugar aproximado que le habían indicado los nativos. Al llegar a la desembocadura de un río, que luego se llamó San Juan, avistaron cuatro galeones franceses. El lugar donde se habían establecido se llamaba Fort Caroline. Más adentro había otras embarcaciones francesas hasta hacer un total de once, más que las españolas. Eso tampoco iba a echar para atrás al asturiano.

 

Menéndez se alejó un poco del lugar para no ser visto. Decide convocar Consejo de Guerra para explicar a sus oficiales sus intenciones, que no eran otras que atacar de inmediato y terminar con todo aquello lo antes posible. Sus oficiales intentan disuadirle diciendo que esperara al resto de la flota dada su clara inferioridad debido a la fatal tormenta que habían sufrido por culpa de la cual los barcos tenían averías y estaban medio desmantelados, además de que sólo contaban con un galeón equiparable a los cuatro franceses que habían avistado; pero el Adelantado impone su criterio y decide no esperar aunque, eso sí, utilizaría la astucia. Sus armas principales serían la sorpresa y la audacia.


El Adelantado esperó a que anocheciera. Para la idea táctica que tenía hubo suerte, pues hubo tormenta y la oscuridad era cerrada. Entonces navegó a toda vela a oscuras, guiándose por las luces de los buques franceses que le permitían saber más o menos la posición y el rumbo. Al llegar a una distancia prudencial, con el máximo sigilo arriaron velas, dejando las mínimas para poder continuar hacia su destino, remontando un poco el río. Esto les permitió acercarse a los franceses sin que estos vieran su maniobra de posicionamiento estratégico: colocó sus barcos entre la costa y los buques franceses para impedirles tanto el desembarco como la huída.

Cruz de Borgoña. Este era el pabellón habitual que se usaba en barcos y en  tropas de tierra. Era divisa de la monarquía española desde los tiempos de Felipe el Hermoso. Junto a otras banderas, la Cruz de Borgoña también era utilizada por los conquistadores españoles.

Eran casi las 12 de la noche cuando los franceses se percataron de la cercanía de los españoles y empezaron a disparar balas de artillería, con escaso acierto. Menéndez había avisado a sus barcos de no disparar hasta que él lo ordenase, y continuó con su táctica.

 

El San Pelayo buscaba el abordaje a la nave capitana francesa y se acercó tanto que al final la tocó tras haber colocado su popa entre la proa de dicha capitana y otra nave. En esta posición tenía ventaja para el abordaje por la altura de la popa española. Los españoles encendieron luces y tocaron tambores y trompetas; preguntaron a los franceses de dónde eran, qué hacían allí y qué religión tenían. Respondieron los franceses que traían hombres y víveres a La Florida, que eran de religión protestante y que su capitán se llamaba Jean Ribault.

 

Tras identificarse, el Adelantado les invitó a rendirse, respondiendo los franceses con risas y burlas. Ante esto, Menéndez ordenó el abordaje.


 

Respondieron muchos juntos palabras muy desvergonzadas y deshonestas contra el Rey Nuestro Señor, nombrándole por su nombre, y contra el dicho Adelantado y diciendo: tal y tal sea para el Rey Don Phelippe y para Pedro Menéndez, y si eres hombre valiente, como se dice, ven y no aguardes á la mañana; y el Adelantado, oídas tantas deshonestidades que decían en perjuicio de su Rey, mandó largar el cable para abordar con los enemigos …  (MEMORIAL. Solís de Merás). 

 

Los franceses entonces rompieron amarras y desplegaron velas, tratando de huir a mar abierto. Los españoles no consiguieron sujetarlos a pesar de lanzar los garfios, que eran picados por los franceses conforme se agarraban.

 

No es de extrañar la actitud de huída francesa ante la idea de enfrentarse a un abordaje con los españoles: recordemos que en aquella época los soldados españoles eran temibles y los Tercios no tenían rival en ningún ejército del mundo. Ante la huída francesa, a la que ayudó la corriente del río y el hecho de que sus barcos estuvieran ligeros y vaciadas las bodegas, comenzó una persecución por mar abierto que duró toda la noche, sin conseguir los españoles alcanzar los barcos franceses. El San Pelayo tampoco pudo alcanzar a la nave capitana francesa ni a la que le acompañaba, pues Menéndez perseguía a aquellas dos naves a las que había acercado su popa. Hay que tener en cuenta, además, que los barcos españoles tenían menos navegación que los franceses debido a que habían sido maltratados por las tormentas durante el viaje de Canarias a La Florida. Finalmente, aparecieron en lejanía en la desembocadura otros cinco buques franceses que por la noche habían estado anclados más adentro del río.

 

Ante la situación, el Adelantado dio orden de virar y regresar a San Agustín. A pesar de toda su experiencia en el mar había fracasado en su intento de asaltar los barcos franceses, pero las cosas no iban a quedar así.

 

En San Agustín se realizó una misa, como de costumbre, rogando a Dios por la victoria sobre los enemigos.

 

Envió unos hombres con un emisario para llegar a un acuerdo con el cacique indígena timucua, al que llamaron Carlos, con el fin de montar un fuerte cuyo lugar les marcó el propio jefe indio por ser buen punto de vigilancia de la entrada del río.

 

Los indios no tenían noticias sobre su hijo Juan.

 

Siendo 6 de septiembre de 1565 hizo desembarcar 200 hombres con el fin de asegurar la posición. El día 7 ordenó entrar en la pequeña dársena a los tres barcos de menor calado, desembarcando 300 hombres, además de provisiones, municiones y aperos de labranza. En tan solo 24 horas consiguieron levantar una empalizada bien construída que diera cobijo a los trabajadores y ofreciera defensa a los hombres de armas. Todo ello ante los ojos de un enjambre de indios que estaba allí mirando el espectáculo.

El día 8 de septiembre de 1565, el Adelantado bajó a tierra, hubo pompa, despliegue de banderas, sonido de trompetas y disparos de artillería. Se cantó el Te Deum Laudamus. Menéndez se acercó a la cruz que portaba el capellán y,  rodilla en tierra, la besó. Los indios imitaron estos procedimientos. Se celebró una solemne misa y, finalizada esta, Pedro Menéndez tomó posesión de la tierra en nombre del rey de España.

 

A continuación, tras tomar juramento de fidelidad y lealtad a sus capitanes, hizo dar de comer a los indios.

 

El primitivo fuerte de San Agustín de la Florida. Plano atribuído a Leone Andrea Maggiorotti. (Archivo General de Indias).

 

Todo lo ocurrido no le hizo perder de vista que dos de sus barcos se habían quedado fuera de la ensenada porque tenían mucho calado y no podían entrar en puerto por lo bajíos del litoral. Era una invitación a los franceses a apoderarse de ellos. Menéndez, muy previsor, ordenó desembarcar todo lo que fuese de utilidad y a continuación decidió que uno de los barcos pusiera rumbo a España y el otro a Santo Domingo, ambos con la orden de informar de todo lo sucedido. Al que iba a Santo Domingo, además, se le indicó que en caso de que hubieran llegado más buques de su expedición se reunieran todos en San Agustín.


Conseguía así otra cosa importante: alejar de la costa a sus dos buques que no podían fondear a resguardo. Pensó que los buques franceses que días antes había hecho huir tardarían cuatro días en encontrarle. Y, efectivamente, así sucedió, porque horas después de haber zarpado los dos buques españoles aparecieron barcos franceses en el horizonte, justo cuatro días después de su fallido intento de asalto por mar a la posición francesa. Salvó así a estas dos embarcaciones de caer en manos francesas.

 

Ribault había decidido pasar al contraataque. La nueva amenaza francesa estaba compuesta de cuatro galeones y dos pinazas, con 600 hombres a bordo y fuerte artillería. Durante horas merodearon por las cercanías sin atreverse a atacar, estudiando la situación. Los españoles, por su parte, habían tomado las precauciones pertinentes: cavaron trincheras y colocaron la artillería de tierra.

 

Los franceses decidieron desembarcar, pero cuando empezaron a utilizar los botes y las pinazas para tal desembarco se desató una fortísima tormenta que provocó daños en los barcos franceses y les obligó a suspender el desembarco. Entonces se alejaron, evitando que el mar los lanzase contra bajíos, buscando un lugar más seguro para esperar que terminase la tormenta y reponerse. Difícil encontrarlo en esas condiciones porque si se acercaban a la costa el mar los arrojaría contra las rocas. Por tanto, tendrían que capear el temporal en mar abierto, donde sufrirían fuertes desperfectos y correrían alto riesgo de naufragar.

 

La experiencia de Pedro Menéndez volvió a hacerle calcular con acierto: en primer lugar, los fuertes vientos, cuando no eran violentos contra la costa, eran fuerte y contrarios a la entrada en las dársenas. En segundo lugar, esos vientos tenían semblanza de permanecer durante días. Y, en tercer lugar, los daños sufridos por los barcos franceses les impedirían regresar a atacar San Agustín al menos en ocho días … así que ... mientras tanto … sospechaba Menéndez … tales barcos franceses, debido al temporal, tampoco regresarían durante esos días a Fort Caroline … y ... dado que se habían acercado a la posición española con ánimo de atacarla ...  pues habrían dejado Fort Caroline con escasa guarnición … y ...

 

... y ... tuvo la temeraria idea de asaltar directamente la posición francesa, caminando hacia el norte a través de la selva aunque hubiera que hacerlo en medio de una feroz tormenta.


… las tempestades se encargaron después de destruir aquella potente armada (francesa), arrojándola sobre las inhospitalarias costas de Florida … ( LA FLORIDA. Eugenio Ruidíaz) . 

 

 

 


Localización de San Agustín y Fort Caroline

Organizó sus fuerzas, disponiendo formar 10 compañías al mando de un capitán y con 50 hombres cada una, la mayoría arcabuceros, y cargados al máximo con todo tipo de armas y alimentos para ocho días. De entre los 500 hombres, Menéndez escogió a 20, todos vizcaínos o asturianos, para marchar con él en cabeza, en la que iría acompañado del capitán Martín Ochoa. Nombró a su hermano Bartolomé gobernador interino de San Agustín con la orden de que, en caso de ser atacados en su ausencia, siguieran el camino que ellos irían abriendo, haciendo así correr la voz de que regresasen a San Agustín para su defensa.

 

El día 16 de septiembre, llevando dos indios como guías, (tras realizar los oficios religiosos, imprescindibles) se inició la marcha por la selva, atravesando bosques vírgenes, cortando malezas y arbustos, y hasta árboles si era necesario, dejando un camino franco que pudiera seguir el resto de hombres. Cada capitán debía marchar separado del anterior pero no tanto como para que ningún grupo se perdiera o no pudiese auxiliarse un grupo a otro. La zona a recorrer no era demasiado larga pero sí muy dificultosa, pues además de la arboleda debían atravesar un terreno pantanoso, muchas veces con el agua por las rodillas, cuando no por la cintura. Las zonas “secas”, además, estaban llenas de lodo por las últimas lluvias torrenciales, que seguían sufriendo durante la marcha, lo que da idea de lo pesado del trayecto.


A veces, un tronco de árbol cortado servía para salvar otros obstáculos. En definitiva, un terreno impracticable que provocaba desánimos entre los hombres.

 

Menéndez iba en la vanguardia con sus 20 hombres y cuando habían abierto un trozo de camino, regresaba a comprobar que todo iba quedando franco para los grupos que venían detrás, de manera que el camino lo realizó como mínimo el doble que sus hombres. Cuando veía acercarse al primer capitán que le seguía se acercaba para comprobar que nadie se perdía y ordenaba a este grupo que ensanchase un poco más el camino por los lados para hacerlo más visible y dejar mejor paso al resto de grupos que venían detrás.

 

(Pulsar en las imágenes para ampliarlas)

Mapa del teatro de operaciones en 1565. Ilustración del libro The history and antiquies of the city of St. Augustine, Florida, founded A.D. 1565, del historiador norteamericano George Rainsford Fairbanks (a la sazón, presidente de The Florida Historical Society), editado en Nueva York en 1858.

Indico en rojo en este mapa la muy posible localización que supone G.R. Fairbanks del fuerte frances, en la desembocadura del río San Juan.

 

Ilustración del libro The history and antiquies of the city of St. Augustine, Florida, founded A.D. 1565, de G. R. Fairbanks,  Nueva York, 1858.


 

El Adelantado, además, elegía los lugares de descanso, parada para comer o pernocta. En una de sus ideas y venidas para comprobar el camino se hizo de noche, por lo que decidió quedarse con ese grupo. Entonces escuchó que algunos hombres no estaban muy de acuerdo con aquella expedición tan agotadora, incluso algunos querían regresar. Menéndez se hizo el dormido y cuando los demás se durmieron despertó al tambor y le ordenó tocar, lo cual sobresaltó a todos. El Adelantado les recordó que era preciso descansar con los ojos abiertos, so pena de perder la vida, les dijo que el que quisiera regresar lo hiciera pero que nada esperara de él y sus compañeros, pues cuando estos regresaran con la victoria sobre los herejes, si eran buenos españoles y católicos, se arrepentirían de no haber participado, pero ya sería tarde pues serían mirados con desprecio por no haberse empleado a fondo en la victoria. A continuación, les dijo que dejaba en manos de cada uno de ellos la decisión de seguir o regresar.

 

Así anduvieron cuatro interminables días hasta que al alba del quinto encontraron una senda, de la que pensaron que muy posiblemente les llevaría directos al fuerte francés. Una avanzadilla descubre Fort Carolina. Este fuerte estaba muy cerca de la selva y con sólo un pequeño trozo de terreno despoblado y limpio, por lo que no era muy difícil acercarse lo suficiente.

 

Inoportunamente se produjo cierta alarma entre la tropa al darse cuenta de que la pólvora de los arcabuceros estaba húmeda, lo que impedía usar las armas de fuego. No era de extrañar, pues las copiosas lluvias no cesaban. Pedro Menéndez nuevamente les habló, esta vez preguntándoles que desde cuándo un español con espada o daga no era capaz de abrirse camino a través de enemigos, a lo que añadió que ellos eran el mismo número que los franceses que había dentro del fuerte pero que contaban con la ventaja de la sorpresa. Finalizó arengándoles y les aseguró que era imposible perder la jornada, que nada había que temer y mucho que ganar.

 

El Maestre de Campo dijo entonces que iría él delante con el capitán Martín Ochoa, pues así sería de más utilidad por evitar los ruidos que ir más gente en avanzada y alertar a los del fuerte. Dos horas antes del amanecer, se pusieron en camino, tropezando pronto con un centinela que les preguntó y Martín Ochoa contestó que eran franceses. Con esta artimaña se fueron acercando y al estar lo bastante cerca atacaron al centinela poniéndole la punta de la espada en la garganta. El centinela soltó sus armas pero se puso a gritar para alertar a los suyos, así que el Maestre no se lo pensó y le atravesó con su espada.

 

Los dos españoles echaron a correr hacia la puerta que los franceses habían abierto a las voces de su compañero. El Maestre dejó a dos fuera de combate, mientras Ochoa hizo lo mismo con otros dos. Empezaron a salir más franceses, algunos recién levantados de la cama.


Fort Caroline en 1565, por Jacques le Moyne & Theodor de Bry  (Le Moyne era miembro de la expedición de Ribault).  MEMORIAL, Solís de Merás.

 

Croquis del actual National Park Service, de EE.UU.  Este dibujo de Fort Caroline copia fiel y simplificadamente el original de Le Moyne & De Bry.

Arx Caroline, según  Arnoldus Montanus (1625-1683). Imagen publicada en Die Nieuwe en Onbekende Weerld ,  Amsterdam, 1671


Por razones de espacio se expone una GALERÍA FOTOGRÁFICA DE FORT CAROLINE en hoja aparte en esta web.  Los norteamericanos han querido ser cuidadosos con la historia de este lugar que actualmente está junto a la ciudad de Jacksonville. En la galería fotográfica podremos ver un sendero a través de la selva por el que se accede a Fort Caroline y que evoca el camino que siguieron los españoles hasta encontrar el fuerte francés. También podemos ver una reconstrucción del fuerte, con el muy posible aspecto que presentaba en 1565. El National Park Service incluso hace representaciones en vivo de personajes de la época.

 

 

Los gritos del centinela francés habían sido oídos por el Adelantado, así que al grito de ¡Santiago, a ellos! , atacaron dos de los grupos que esperaban agazapados en la selva. Los primeros en llegar en ayuda del Maestre y de Ochoa, que luchaban en la puerta del fuerte, fueron los alféreces Rodrigo Troche y Diego de Maya. Este fue el principio del fin del fuerte. La sorpresa era total entre los franceses. Enseguida los españoles se abrieron paso entre los defensores. Menéndez, ya entrando por la puerta del fuerte, chocó con un francés que huía, al que apresó; este francés, que resultó ser el oficial de guardia, le explicó que una cabaña, a la que llamó la Granxa, estaba llena de armas, víveres y municiones, pero dijo que no había pólvora, así que mandó a seis hombres hacia ella para que la guardasen y él, nada más entrar en el fuerte, ordenó tajantemente que so pena de la vida, ninguno hiriese ni matase mujer ni mozos menores de 15 años.

 

Recordemos que Pedro Menéndez había recibido de Felipe II la orden tajante de exterminar la presencia de herejes allá donde los encontrase, pero respetó la vida de esas mujeres y niños  “ … porque temí que Nuestro Señor me castigara si usara con ellos de crueldad” . 

 

El jefe del fuerte, un fanático calvinista y descendiente de una familia noble llamado René Goulaine de Laudonnière junto a otros 60 hugonotes consiguen huir con lo puesto a la espesura de la selva. Los franceses se dejaron en la jornada 142 hombres. Se salvaron, cumpliendo la orden de Menéndez, unas 70 personas, mujeres o menores de 15 años. Los atacantes españoles tuvieron 1 herido.

 

Pero no había acabado todo. Controlado el recinto, Menéndez se dirigió hacia donde veía buques fondeados. Había dos barcos españoles que los franceses habían capturado en su travesía del Atlántico; otro barco estaba en construcción, y tres buques franceses fondeados y con gente a bordo. No había problema en capturar los barcos españoles, pues estaban desprotegidos, pero quedaban los tres franceses, que se negaron a rendirse. Por una mujer prisionera supo dónde encontrar barriles de pólvora, municiones y todas las herramientas necesarias para cargar y disparar cañones. Con este hallazgo ordenó mover cuatro piezas de artillería del fuerte y, transportadas hasta la ribera, se instalaron apuntando a los barcos, a los que invitó a la rendición, que estos rechazaron. Entonces envió al oficial de guardia francés hecho prisionero por él mismo con el encargo de decirles a los embarcados que si se rendían no les pasaría nada y que les dejaría marchar con las mujeres y menores supervivientes del fuerte, pero si se resistían serían pasados a cuchillo por herejes. Cuando el prisionero francés regresó tras parlamentar con sus paisanos, informó a Menéndez que el jefe de esos barcos era Jacques Ribault, hijo de Jean Ribault, que su padre era el Capitán General de esas tierras en nombre del rey de Francia y que si el Adelantado español le hacía la guerra él se la devolvería con creces.

 

No había otra. Menéndez ordenó disparar, cosa que hizo el capitán Diego de Maya, al que consideraban el mejor artillero de los allí presentes. El proyectil fue muy certero, impactando en el costado del buque a flor de agua, de forma que en muy poco tiempo el buque escoró. Los otros dos barcos, viendo el efecto que podían hacer los disparos de los españoles no se atrevieron a atacar y picaron cables, huyendo, perdiéndose a lo lejos por la fuerte corriente del río.

 

Los españoles regresaron al fuerte, donde hallaron buena cantidad de armas y municiones pero, sobre todo, víveres y ropa, que escaseaban entre los españoles. Finalmente pudieron descansar.

 

Al amanecer del día siguiente se tocaron tambores, se reunió la tropa y se rebautizó el fuerte francés: se llamaría San Mateo, santo del día.

 

Actualmente, el lugar pertenece a la ciudad norteamericana de Jacksonville.

 

 

 


Menéndez tenía una preocupación: temía que los franceses contraatacasen en San Agustín. Por tanto, nombró gobernador de San Mateo al sargento mayor Gonzalo de Villaroel, asignándole 300 hombres. Además, vistas unas velas en lejanía, sospechó que esos barcos franceses estaban esperando a los escapados del fuerte, por lo que mandó a un grupo de hombres a dar una batida por la selva, donde encontraron a 20 franceses que, al oponer resistencia, fueron todos muertos. Poco después llegó al fuerte un grupo de indios con otros franceses que habían atrapado, y los entregaron a los españoles. Confesaron que René Goulaine de Laudonnière, junto a otros 29 franceses, había conseguido llegar a los barcos. Menéndez les perdonó la vida y les invitó a regresar a Francia.

 

Reunió a 35 de los hombres de su mayor confianza a los que les dijo que se preparesen para partir al día siguiente camino de San Agustín. A continuación convocó Consejo de Oficiales, a los que les explicó que cuando llegase a San Agustín pertrecharía dos barcos para remontar el río y tratar de dar caza a Laudonnière y sus franceses.

 

El día 28 de septiembre, el pequeño grupo emprendió el regreso a San Agustín, que duró un día menos que la primera marcha realizada en sentido contrario, aunque en peores condiciones porque las lluvias tropicales, si antes formaban lodos y terrenos pantanosos, ahora habían fabricado corrientes difíciles de vadear. Incluso llegaron a perderse y algunos hombres tuvieron que subir a los árboles para desde las alturas redescubrir la senda. Todo esto sin dejar de caer lluvias torrenciales. Un calvario.

 

Por fin, ante la cercanía de San Agustín, uno de los hombres pidió protagonismo y adelantarse para dar el primero la noticia, cosa que se le concedió. Poco después llegaría Pedro Menéndez con el resto de hombres. Su regreso provocó muchas muestras de alegría.

 

Pero el Adelantado seguía muy preocupado por un posible ataque francés, así que mandó cavar nuevas líneas de trincheras y recolocar la artillería. Al día siguiente llegaron unos indios que le informaron de muchos franceses habían naufragado no muy lejos de allí, a unas cuatro leguas ---Menéndez había acertado al pronosticar el desastre de los barcos franceses por las tormentas---, por lo que partió con 40 hombres para comprobarlo, hallando al otro lado de un brazo de mar a unos 200 franceses. Viendo que eran muchos, Menéndez escondió a sus hombres para que el enemigo no advirtieran su escaso número, a excepción de unos pocos que quedaron a la vista. A gritos se comunicaron con los franceses, de los cuales uno les dijo en perfecta lengua española (luego se supo que era gascón natural de San Juan de Luz) que eran franceses de la nueva religión y que venían para ir a Fort Caroline pero que sus buques habían naufragado por las últimas tormentas, que estaban allí porque no podían cruzar el río, y le pidieron ayuda además de preguntarle a Menéndez quiénes eran ellos. El Adelantado les contestó que eran españoles, que la tierra era posesión del rey de España y que estaban allí para convertir a los indígenas a la verdadera religión, añadiendo que si querían ayuda debían previamente entregarle las armas.

René Goulaine de Laudonnière, según grabado de The Florida Historical Society, EE.UU.  Fue uno de los pocos que consiguió escapar de La Florida, regresando a Francia en 1566.

Tardaron dos horas en decidirse. Pidieron un bote en el cual pasaron cinco franceses a parlamentar con el Adelantado. Le ofrecieron por sus vidas 50.000 ducados. Menéndez se negó explicando que él no entraba en ese tipo de codicias a pesar de ser un pobre soldado.


Regresaron los cinco franceses. Decidieron entregar sus armas, que fueron 60 arcabuces y 20 pistolas. El total de franceses ascendía a 208 personas. También entregaron libros luteranos, cosa que disgustaba a un convencido católico como era el Adelantado, que ordenó la quema inmediata de tales libros. Seguidamente, Menéndez les preguntó si entre ellos había algún católico de verdad, a lo que ocho de ellos contestaron afirmativamente. A estos ocho les permitió conservar sus armas y los llevó consigo a San Agustín. Al resto, recordando las tropelías que los franceses habían cometido contra ciudades, barcos y gente española, que conoció desde sus primeras aventuras de joven corsario en el Cantábrico, fueron muertos allí mismo, cumpliendo la orden recibida de Felipe II de exterminar toda presencia hereje en Florida.

 

Volvieron a San Agustín y al día siguiente, 10 de octubre, llegaron otra vez los indios con nuevas noticias: había otro gran número de franceses en el mismo lugar que los anteriores. Se regalaron muchas baratijas a los indios, que se estaban comportando como un excelente servicio de espionaje.

 

En cuanto a su hijo Juan, los indios seguían sin tener noticia alguna.


Para el Adelantado el nuevo grupo francés no podían ser otros que el resto del ejército del corsario Ribault. Esta vez acompañarían a Menéndez 150 hombres (tres compañías), elegidos entre los que estuvieran más descansados. Al llegar al lugar, como era de noche, ordenó descanso y esperar al día siguiente, pero en silencio absoluto y sin encender luz alguna que delatara su presencia. Al amanecer vieron que había muchos enemigos, unos 350 franceses bien armados, y resultó que entre ellos se encontraba Jean Ribault, un corsario y ferviente calvinista que jamás había perdonado la vida a ningún católico. Aún estaban como a dos tiros de arcabuz (unos 100 metros). Menéndez decidió que sus hombres siguieran ocultos mientras que él, acompañado de los tres capitanes de las compañías, se harían visibles paseando por la orilla del río.

 

Desde la orilla contraria hicieron griterío y exhibicionismo consistente en toda clase de gestos y demostraciones de ir a entablar combate con los españoles y acabar con ellos. Menéndez disimulaba haciendo como que hablaba tranquilamente con sus capitanes, como si la cosa no fuese con él. Tras cerca de dos horas de teatro francés, desde la orilla levantaron un pañuelo blanco, así que el Adelantado cogió a su vez un pañuelo y lo mostró anudado a la punta de su espada, en señal de aceptar el parlamento.

 

Un fracés cruzó el río en una canoa que habían cogido a los indios. Dijo ser sargento mayor de Jean Ribault. Explicó que querían los buques que tuvieran los españoles para llegar a Fort Caroline porque sus embarcaciones se habían perdido en las tormentas y, de paso,  Ribault quería saber quiénes eran ellos, que se paseaban por la orilla del río, y quién estaba al frente.

 

Menéndez les contestó que él estaba al frente de un numerosos ejército y que eran españoles católicos súbditos del rey Felipe II. Les dijo que Fort Caroline estaba en sus manos y que había respetado la vida de mujeres y menores de 15 años. Añadió que nada podía hacer Ribault y su tropa. Llevó al francés a caminar un poco por el lugar para mostrarle los cuerpos de sus 200 compatriotas que yacían muertos y finalizó exigiendo la rendición de los franceses, sobre todo viendo el trato que por orden de su rey Felipe II, así como por su falsa religión protestante, se estaba dando a sus compatriotas.

 


A éste envió el señor General la vuelta de sus compañeros, que les dixese de su parte que se rindiesen y le truxesen las armas, donde no, que los metería á todos por el cuchillo. En respuesta desto, vino un gentilhombre francés, sargento, y truxo un mensaje del real de los enemigos en que pedían que se les otorgase la vida, y que rendirían las armas y entregarían las personas; y después de mucho parlamento entre él y nuestro buen General, respondió y dixo que no les quería dar tal palabra, sino que truxesen las armas y sus personas para que él hiciese á su voluntad; porque si é les diese la vida, quería que se lo agradeciesen; y si la muerte, que no se quejasen de abérsela quebrantado. (RELACIÓN DE LA JORNADA DE PEDRO MENÉNDEZ DE AVILÉS EN LA FLORIDA. Francisco López de Mendoza Grajales, 1565.  Archivo de Indias de Sevilla. Nota: Francisco López era el monje capellán de la flota de Menéndez y fue el primer misionero de la misión Nombre de Dios) .

 


El francés pidió que Menéndez regresara con él al otro lado de la orilla para hablar con su jefe porque este se encontraba muy cansado y no podía viajar. El Adelantado respondió que era su jefe quien debía venir a la posición de los españoles y le permitía ser acompañado por 5 ó 6 de los suyos.

 

Viendo el francés que Menéndez no era ningún tonto, volvió a su orilla.

 

Media hora después cruzaba el río Jean Ribault acompañado de ocho de sus principales. El francés no parecía convencido de que Fort Caroline estuviera en poder de los españoles. Menéndez hizo traer dos prisioneros, que contaron la verdad. Entonces Ribault cambió de táctica: expresó que quería los barcos que tenían los españoles para regresar a Francia . Por supuesto, Menéndez se negó a dar sus barcos.

 

Después, para tratar de convencer al Adelantado, Ribault le ofreció 100.000 ducados. Menéndez contestó: "Mucho me pesa si perdiese tan buena talla é presa, que harta necesidad tengo dese socorro, para ayudar de la conquista é población desta tierra: en nombre de mi Rey, es á mi cargo plantar en ella el Santo Evangelio". Esta respuesta hizo creer a Ribault que había posibilidad de ganarse a Menéndez, así que dobló la cantidad ofrecida: 200.000 ducados. El Adelantado respondió que aunque él era pobre soldado “no quería hacer aquella flaqueza porque no le notaran de codicioso; pues cuando hubiese de ser liberal y misericordioso, había de ser sin interés”

Como se hacía de noche, el Adelantado dijo que se fueran a su orilla y les citó para el siguiente día.

 

A la mañana siguiente cruzaron los mismos, pero esta vez traían un estandarte Real francés y dos banderas. Ribault entregó un sello Real y algunas piezas doradas de fina fábrica, como una espada y una pistola, y quiso que Menéndez firmara unos documentos en nombre del rey de Francia. Añadió que durante la noche se habían ido más de la mitad de su gente porque no estaban de acuerdo con él. Todo fue en vano para los franceses porque Menéndez consiguió arrancarles su rendición incondicional.

 

Cruzaron el río 150 franceses. Preguntó el Adelantado si entre ellos había algún católico de verdad. Fue Ribault quien expresó que todos profesaban la misma religión. Entonces los franceses luteranos recitaron el salmo de Domine Memento Mei y tras ello empezaron a caminar en dirección a San Agustín en grupos de diez.

Jean Ribault, según National Park Service, EE.UU.


Quizá en esos momentos Menéndez recordase que el corsario Ribault nunca había perdonado la vida a nadie. Puede que Menéndez tuviera presente en esos momentos los diabólicos planes que Ribault tenía contra él, planes que conocía a través de un prisionero francés que se los había confesado, a saber: hacer la guerra contra los españoles en Florida apoyado en su superioridad en barcos y hombres, cortar la cabeza a Menéndez, colgar a los españoles en los palos de los barcos, fortificarse en el extremo de Florida frente a Cuba, cerca de La Habana, asaltar el comercio desde ahí hasta Bahamas y, finalmente, tomar La Habana con los refuerzos que llegarían de Francia.

 

Pudiera ser que pensase en Ribault como responsable, de alguna forma, de la desaparición de su hijo, del que seguía sin tener noticias.

 

O, posiblemente, Menéndez recordase la orden dada por Felipe II de acabar con aquella colonia que no solo era de religión hereje sino que se habían dedicado a la piratería atacando los barcos españoles en el Canal de Bahamas. Tal como había ocurrido anteriormente, los franceses fueron todos muertos excepto 16 personas que confesaron ser católicos.

 

El lugar es conocido con el nombre de Matanzas.

Veinte días después volvieron a aparecer los indios. Ninguna noticia dieron al Adelantado sobre su hijo, pero sí que dieron cuenta a los españoles de que en Cabo Cañaveral se encontraba otro grupo de franceses que estaban construyendo un fuerte y poseían un barco. Menéndez consideró que esto suponía una nueva amenaza pues un barco en manos francesas suponía la posibilidad de pedir ayuda y refuerzos a Francia.

 

Menéndez hizo traer 150 hombres del fuerte de San Mateo que reunió con otros 150 de San Agustín, más 35 hombres escogidos por él. Todos juntos, tras la habitual misa, partieron en tres embarcaciones para recorrer la costa. Las corrientes cercanas a la costa eran contrarias, por lo que las embarcaciones casi no avanzaban, así que hizo aligerar las naves para que la mayoría de la gente fuese a pie, entre los que él mismo se encontraba.

 

Cuando los franceses los vieron llegar huyeron a la selva. Menéndez envió tras ello un emisario para explicarles que no les haría ningún mal y los trataría como españoles, además de ofrecerles protección contra los indios. La mayoría de franceses, unos 150, aceptó el trato, pero otros 20 se negaron, internándose por la selva y muriendo a manos de los indios. Menéndez respetó su palabra: pese a la escasez de comida los prisioneros franceses tuvieron las mismas raciones que los españoles.

 

Quemaron el fuerte y el barco francés, que estaban ambos a medio construir, excavaron hoyos donde enterrar la artillería que no podían llevar consigo, y volvieron a ponerse en camino hacia el sur, esta vez con intenciones exploratorias porque el Adelantado quería encontrar alguna tribu india que les indicase un buen lugar donde asentarse y que estuviera más cerca de la isla de Cuba.

 

Las embarcaciones siguieron costeando la costa de La Florida y como a 15 leguas encontraron un lugar llamado Ays, del mismo cacique que los amigos indios de San Agustín. Los indios salieron muy contentos a recibir a Menéndez, que se llevó una inesperada alegría con esta demostración de amistad.

 

La exploración costera se alargó hasta el mes de noviembre de 1565, momento en que la falta de provisiones ya era acuciante, así que Menéndez decidió ir a Cuba para solicitar ayuda. La ruta, que haría con dos barcos, no es nada fácil porque la corriente del canal de Bahamas corre hacia el norte mientras que Menéndez debía ir hacia el sur y tan mala llegó a ser, con tormenta incluída, que Menéndez se hizo cargo personalmente del timón durante buena parte de la travesía.

 

 

 


Llegó a la ensenada de Bahíahonda, donde fue recibido afectuosamente por unos indios que le proporcionaron comida y frutas, dirigiéndose seguidamente al puerto de La Habana donde se encontró con un sobrino suyo, Pedro Menéndez Marqués, que se había separado de la escuadra de Esteban de Alas y había llegado a la isla con barcos de la flota del Cantábrico. La alegría fue enorme porque todos daban al Adelantado por perdido. En enero de 1566, para mayor alegría, llegaron también dos barcos al mando de Esteban de Alas y 200 hombres. La alegría no podía ocultar que esos barcos, debido a las tormentas, estaban maltrechos.

 

Tanto a sus soldados como a los franceses que llevaba consigo y habían confesado ser católicos, Menéndez les dijo: Esforzáos, hermanos míos, que García Osorio, Gobernador de la isla de Cuba, nos inviará bastante recaudo de comida para todos cuantos andamos en la Florida, porque ansí me lo prometió en Sevilla, y S.M. se lo ha mandado y encargado. (MEMORIAL. Solís de Merás)

 

Sin embargo, la ayuda que fue a buscar en Cuba le fue negada por el gobernador, que se opuso a darle nada. Es más: en todo lo que pudo trató de dañar y obstaculizar los proyectos de Menéndez. Al hombre a quien se debía la conquista de Florida, la expulsión de los franceses, la amistad con los nativos indios y la fundación de nuevas colonias, se le negaba ayuda para que sus éxitos tuviesen continuidad. … vemos al Adelantado, que tanta gloria y tantos pueblos había ganado para su patria, pordioseando como mendigo, de puerta en puerta, auxilios y socorros que sus compañeros habían menester; vémosle asimismo apelando á sus relaciones particulares y á sus parientes, para alcanzar  --por su propia cuenta y con sólo su crédito--  lo que las autoridades le negaban … (LA FLORIDA. Eugenio Ruidíaz)

 

Así que Menéndez decidió que lo mejor era enviar barcos a diversos lugares del Golfo de México para intentar conseguir víveres con el fin de mantener a la gente que estaba en Florida. Corre el mes de diciembre de 1565.

 

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IZQUIERDA, Golfo de México y Mar Caribe. Sección de un mapa francés de América septentrional publicado en París en 1694. Autor: Alexis Hubert Jaillot. (Library of Congress Geography and Map Division Washington, D.C., USA)

 

 

 

DERECHA, la misma zona en la actualidad (Google Maps)


Cuando partieron, a poca distancia de La Habana, se encontraron con un buque que, al verlos, fue a esconderse en una ensenada. Menéndez se acercó para investigar quiénes eran y cuál fue su sorpresa que resultó ser un barco de aviso que llevaba noticias de Felipe II : los franceses estaban preparando una gran armada para conquistar La Florida y otras islas del Caribe y, con el fin de contrarrestar esa amenaza, Felipe II le iba a hacer llegar a lo largo del mes de marzo una flota de socorro compuesta por 17 buques y 1.500 hombres al mando del general Sancho de Arciniega.

 

Las nuevas noticias cambiaban las expectativas. En La Habana, vendiendo municiones, cañones y joyas propias, compró dos embarcaciones pequeñas que, unidas a sus exiguas fuerzas, componían una pequeña escuadra de siete embarcaciones con las que realizó exploraciones de islas y costas de La Florida. De especial interés era encontrar un buen puerto en el extremo sur de Florida para asegurar la navegación de las flotas de Indias. Durante el mes de febrero de 1566 rescató algunos españoles cautivos de los indios tras un naufragio. Mientras tanto, no pierde la esperanza de hallar noticias sobre su hijo, por el que sigue preguntando. En una ocasión liberó a ocho hombres y dos mujeres de forma pacífica e incluso Carlos, el cacique indio de la tribu calusa, le regaló una hermana a Pedro Menéndez para que la tomase como esposa, en prueba de amistad. A esta india la llamaron doña Antonia. El Adelantado la envió a La Habana para que fuese instruida en la religión católica y el cacique Carlos se comprometió a que cuando volviese su hermana, si le convencía, él y todos los suyos también se convertirían a la religión católica.

 

Mientras tanto, una carabela que Menéndez había enviado al Golfo de México en busca de provisiones volvió a La Habana cargada de maíz, gallinas, miel y alpargatas. Esta ayuda se la había negado el gobernador pero el Adelantado la había conseguido en Nueva España gracias al obispo de Yucatán.

 

A su vuelta a San Agustín se encuentra con un ambiente tenso entre soldados y colonos, algunos de los cuales se habían amotinado y apropiado de algunos barcos con el objetivo de dirigirse a Cuba para pasar posteriormente a Perú o México. La situación pudo controlarse antes de la llegada de Menéndez , aunque este se encontró con más problemas:  un sargento había sido ajusticiado ,  la población pasaba hambre y tanto su hermano Bartolomé como el Maestre de Campo estaban muy debilitados por llevar varios días sin comer, problema que pudo aliviarse por la llegada de los barcos de Menéndez . Más adelante hubo un segundo intento de motín protagonizado por unos 60 hombres. El Adelantado, esta vez, permitió que los descontentos se fuesen hacia Puerto Rico.

Chief Satouriona, según Fort Caroline National Memorial, EE.UU.

Tras esto se dedicó a explorar las costas de Georgia y la zona meridional de Carolina del Sur. Fundó nuevos asentamientos e iglesias, como Guale y Santa Elena (hoy peteneciente a Carolina del Sur). En su Memorial, el cronista Solís de Merás cita como nuevos pueblos o colonias, entre otros, a San Felipe, Tequesta y Tocobaga. El historiador Eugenio Ruidíaz y Caravia cita la construcción de los fuertes de Joada, Guiomae, Lameco, Cauchi y Guatari.

 

Se hizo amigo de caciques locales, ninguno de los cuales pudo darle noticias sobre su hijo. Posiblemente, albergaría ya reducidas esperanzas de saber de él.

 

Con los indios siempre trató de llevarse bien, integrarlos, sumarlos, añadirlos pacífica y amistosamente al proyecto colonizador. Con ellos no apelaba a las armas a no ser que fuesen casos extremos. Los indios de La Florida eran muy guerreros y se hallaban en lucha constante entre sí, enfrentados por sus diferentes caciques. Menéndez, en lugar de solicitar o aceptar el apoyo de uno de ellos para vencer mejor al que era su enemigo, encaminaba sus esfuerzos a que depusieran sus odios, olvidasen antiguas diferencias y pactasen franca amistad. Lograba al fin conseguir su objetivo y tribus cuyos rencores eran hereditarios le hacían juez y árbitro de sus mutuas ofensas.


Tan solo a un cacique indio no consiguió atraerlo a su amistad : se trataba de Saturiba, cacique amigo de los franceses, que se dedicaba a atacar constantemente a los españoles tanto por la zona de San Agustín como por la de San Mateo, dificultándoles la vida todo lo que podía. Como el principal problema de los españoles era la falta de víveres, los colonos tenían que adentrarse en la selva para conseguirlos sobre el terreno, momento que los indios solían aprovechar para sus ataques, así que la situación era peligrosa, además de que creaba un clima de pesimismo entre los españoles. En un ataque de los indios incluso se llegó a incendiar el almacén de pólvora.


Reunido el Consejo de Oficiales se decidió que la posición de San Agustín era muy vulnerable, por lo tanto había que construir un nuevo fuerte en mejor emplazamiento tal que controlase la entrada al cauce del río.

Nuevo fuerte de San Agustín. Plano que conserva el Ministerio de Educación, Cultura y Deportes español.


Menéndez y sus oficiales trazaron el contorno y se organizó a la gente para trabajar en turnos. En 10 días el nuevo fuerte estaba listo, con el almacén de pólvora en lugar más resguardado al abrigo de flechas incendiarias y la artillería puesta en posición.

 

Tras ello, el Adelantado volvió a Cuba en busca otra vez de víveres, pero de nuevo el gobernador García Osorio era reacio a darle ayuda. Incluso se negó a darle 500 hombres que había recibido de refuerzo en la isla. Menéndez se entrevistó con el tesorero, que se mostró más receptivo y le dijo que, aunque la situación no daba para más, intentaría reunir los víveres que buenamente pudiera de entre la población de La Habana. Fue el tesorero quien le comunicó que la hermana del indio, doña Antonia, la que le había dado por esposa y que estaba en la isla para ser instruída en la religión católica, decía quererle mucho y deseaba regresar a La Florida para convencer a los indios de su tribu de pasarse a la verdadera fe. Finalmente, Menéndez decide vender objetos personales para comprar provisiones y llevarlas a San Agustín.

 

Finalmente, parte de Cuba de regreso a La Florida y al acercarse a San Agustín avistan un galeón fondeado en la desembocadura del río. La sorpresa fue mayúscula al ver que era un galeón español. El rey Felipe II había cumplido su palabra: allí estaba la flota de Sancho de Arciniega que había llegado cargada de provisiones y víveres, tenía 14 buques fondeados más adentro en el río, había llevado 2 buques a la posición de Santa Elena y habían desembarcado 1.500 hombres. También traía de España unos despachos del rey en los que encargaba a Menéndez que fortificase las principales islas del Caribe para repeler el presunto ataque de la escuadra francesa. Arciniega también le presentó a 14 mujeres que había traído en su flota, a las que Menéndez puso a cargo de clérigos para evitar desmanes entre sus hombres.

 

Como ahora había mucha gente, no cabían todos en el fuerte. Se trazaron ensanches para dar cabida a la mayoría aunque no a todos, ya que 300 fueron destinados a San Mateo y, posteriormente, otros 500 serían destinados a Puerto Rico, Santo Domingo y Cuba.

 

 


También se le puso al corriente de las malas noticias: varios de sus soldados y capitanes habían muerto por flechas de los indios. Menéndez decidió parlamentar con Saturiba y tratar de hacer las paces con él, pero Saturiba no estaba por la labor e incluso llegó a tenderle una trampa de la que el Adelantado escapó. Así que hizo saber al indio que a partir de ese momento pasaba a ser su enemigo y que por los cristianos que había matado a traición él le cortaría la cabeza o le echaría de sus tierras. Unos días más tarde, Pedro Menéndez organizó una expedición de castigo, pero con resultados negativos porque Saturiba había desaparecido sin dejar rastro.

Posteriormente, partiendo desde San Mateo y la desembocadura de su río, ascendió corriente arriba para comprobar si el río era navegable y por dónde discurrían sus aguas, pues sería una buena manera de comunicar San Mateo con San Agustín mediante pequeñas embarcaciones de forma segura y sin necesidad de salir al mar. Encontraron una tribu india cuyo cacique se llamaba Hotina, que huyó pues creía que el Adelantado era capaz de que Dios le hiciera caso. No pudo establecer amistad con el huído Hotina, así que continuó explorando el curso del río hasta que la navegación se hizo más peligrosa con aguas revueltas. Ante esto, ordenó la vuelta de las embarcaciones más grandes a San Mateo mientras él continuaría la exploración con las dos más pequeñas.

 

Llegaron a las tierras de otro cacique, llamado Macoya, amigo de Saturiba. No obstante, Menéndez consiguió la amistad de Macoya, el cual le dijo que no muy lejos de allí el río se estrechaba mucho y sus embarcaciones no podrían pasar. En realidad, Saturiba había fabricado una especie de barrera de troncos para impedir el paso de Menéndez, pero este continuó la exploración del río, llegó a la barrera, la rompió y siguió río arriba.

Un cacique de La Florida, 1591. Ilustración del MEMORIAL, de Gonzalo Solís de Merás


Por indicaciones de los indios supo que el río llegaba a una gran laguna de donde le salían dos brazos, uno que iba a desembocar donde estaba Carlos (cuya hermana Antonia había dado como esposa a Menéndez), mientras que el otro brazo desaguaba en otro lugar al que posteriormente los españoles denominaron Mártires. Conoció otro cacique indio, de nombre Calabay, con el que también trabó amistad. Ninguno de los caciques indios le pudo dar noticias sobre su hijo Juan. 

 

Había que tener mucho valor para hacer estas entrevistas ceremoniales con los indios, porque Menéndez se presentaba siempre con seis hombres mientras que los indios, encandilados y muy curiosos, los rodeaban por centenares.

Poblado indio de La Florida, 1591. Ilustración del MEMORIAL de Gonzalo Solís de Merás.

Finalmente alcanzaron la población de Guale, en la que le dieron noticias de que su sobrino y jefe de la guarnición, Alonso Menéndez Marqués, había fallecido. También le pidieron que esperase unos días porque había unos caciques que querían adoptar la religión cristiana. Decidió dejar un capitán con 30 soldados para que la población indígena siguiera recibiendo la doctrina.

 

Volvió a San Mateo, y de allí a San Agustín, donde organizó una flota de dos naos, cuatro carabelas y dos buques menores, con la idea de ir a limpiar de piratas y corsarios las aguas de la costa de La Florida e islas cercanas.

 

Dirigiéndose hacia Manzanillo tropezaron con cinco buques franceses que hacían contrabando, a los que capturaron y llevaron a La Habana.


Le llegaron noticias de que una flota francesa compuesta de 27 barcos y con 6.000 hombres había zarpado de Francia, había tomado la Isla Tercera pero se desconocía el lugar del Caribe hacia el que se dirigían. Ante esto, Menéndez comenzó una frenética carrera para visitar Puerto Rico, Santiago de Cuba, La Habana y otros puertos, con el fin de dar aviso, reforzar la guarnición y colaborar en la fortificación de esos lugares. Incluso dejó emplazadas piezas de artillería.

 

Por si no tenía bastante actividad, el Adelantado tuvo que sofocar un levantamiento del indio Carlos, un motín contra su hermano Bartolomé al que él había nombrado gobernador de San Agustín (motín que resolvió personalmente de forma expeditiva poniéndole una espada en el cuello al cabecilla del motín) y, para colmo, tuvo que ir a Cuba para arreglar una desastrosa situación en la que se había metido el gobernador de la isla enfrentándose a capitanes de la guarnición. Menéndez resolvió el problema acusando al gobernador de no cumplir la ley, enviando a algunos rebeldes presos a España y, finalmente, quedándose durante un mes en Cuba intentando que las cosas funcionaran mejor. Aprovechó el “envío” de esos presos a España para hacer llegar correspondencia al rey poniéndole al corriente de los hechos.

 

Nuevamente en San Agustín, decidió hacer una batida contra el cacique Saturiba, que seguía haciendo de las suyas. En ella perdió 2 hombres, pero los indios perdieron 30.

 

 


Los éxitos no le ocultaban una palpable realidad: las colonias seguían teniendo una situación crítica a pesar de todos los esfuerzos. La constante falta de víveres y ropa para colonos y soldados, así como la falta de dinero para pagar los sueldos de estos, suponían un creciente malestar. El problema no se limitaba a La Florida, sino que se extendía por Cuba, Puerto Rico y La Española. Por ello, decidió volver a España para solicitar ayuda personalmente. El viaje lo realizaría un solo barco y le acompañarían hombres de su entera confianza. Al llegar a las Islas Terceras (actuales Azores) le informaron de que el rey se encontraba en La Coruña para embarcar rumbo a Flandes. Al acercarse a La Coruña se encontró con dos corsarios franceses y con uno inglés. A todos ellos burló y entró en el puerto de Vivero (provincia de Lugo). Al pedir información sobre dónde se hallaba el rey le comunicaron que estaba en la Corte.

Vista actual de Vivero (Lugo)

Como no estaba muy lejos de Avilés, decidió acercarse para ver a su familia. El viaje lo hizo por mar en solo un día. De noche llegó al puerto de Avilés, donde había diez bajeles. Los capitanes de estos bajeles creyeron que el recién llegado era berberisco, y tuvieron una reacción que no gustó al Adelantado, pues abandonaron sus bajeles (uno de ellos se estrelló contra los bajos de la costa). Menéndez se identificó. Les habló. Ordenó que vinieran los capitanes de los bajeles. Ante la tardanza de estos, hizo disparar tres cañonazos y desplegó su insignia. En botes, llegaron los capitanes de los bajeles. Menéndez les ordenó que recuperasen sus bajeles y cuando lo hubieran hecho que volviesen a presentarse ante él.


Así lo hicieron. No hubo lugar a Consejo de Guerra porque los bajeles eran mercantes, pero sus capitanes se llevaron una buena reprimenda del Adelantado, que les echó en cara su cobardía, el abandono de su puesto y la pérdidas que su actitud puede representar para el rey de España.

 

Estuvo poco tiempo en Avilés acompañado de sus familiares pues le preocupaba llegar cuanto antes a la Corte. Llegado a ella, ante los miembros de Consejo de Indias, le relacionó a Felipe II los hechos acaecidos, la lucha contra Ribault, la exploración de la costa, los lugares que había descubierto que servían como puertos, los mapas aproximados que habían hecho de ellos, los sucesos en Cuba, la paz que tenía con los caciques indios excepto con Saturiba, que existían los fuertes de San Agustín y San Mateo además de otras nuevas poblaciones, etc. También le presentó al rey los indios que había traído con él, con sus arcos y flechas.

 

No dejó de señalar que el gobernador de Cuba no prestaba socorro, que había bastantes problemas en mantener las colonias de La Florida y que creía que dicho gobernador estaba perjudicando a Su Majestad haciendo creer que los problemas eran de La Florida y no de España. Manifestó su indignación haciéndole ver al monarca la conveniencia, dada la proximidad de ambas colonias, de reunir en uno solo los dos gobiernos, con el fin de evitar en lo sucesivo conflictos de esta naturaleza.

 

Conforme iba contando se dio cuenta de que cundía el escepticismo entre los miembros del Consejo, que no le terminaban de creer. Dudaban de sus intenciones y al Adelantado le pareció que esos consejeros pensaban que estaría exagerando con algún propósito oculto. Entonces les espetó:

 

"Yo antes de ser Capitán General, contaba con dos galeones y treinta mil ducados, había realizado muchos viajes a las Indias y ganado mucho dinero, por lo que era una persona feliz y sin necesidades. Pero me llamó S. M. y me entregó el mando de las escuadras del Cantábrico, después me dio el mando de la expedición a La Florida, el cual acepté sin preguntar, en la preparación de la primera ida, me gasté un millón de ducados los cuales aun debo.

Mis buques, zabras y pataches, en este tiempo me dieron otros doscientos mil ducados, y estos también han ido a parar para sueldos de tropas y capitanes, más los bajeles que se han construido, todo por que S. M. y sus ministros en ningún momento me han auxiliado; nunca cobré un maravedí si no estaba al servicio del Rey; mi sueldo como Adelantado, es el más bajo de todos los del mismo cargo; nunca he gastado en nada que no fuera preciso y hoy me encuentro, no solo pobre sin un maravedí, sino que tengo mis deudas sin pagar, que superan los novecientos mil ducados. ¡Esa es toda mi doble intención! "

 

Finalmente, Felipe II quedó muy satisfecho de todo, pero indicó que Menéndez se mantuviera en la Corte durante unos días para hacer una relación de todos los sucesos por escrito con la ayuda de los escribanos. La relación escrita debía entregarse al Consejo de Indias.

 

El rey cerró la audiencia sin más discusión, concediendo un mes de licencia a Menéndez para que descasara y estuviera con su familia, diciendo también que el Adelantado era hombre de fiar y persona grata para el servicio a España, añadiendo que el Consejo debía ver la forma de que Menéndez pudiera recibir dinero para pagar deudas, ya que todas ellas habían sido producidas por el buen servicio y para la grandeza del Reino.


Mientras esto ocurría en España, los franceses decidieron enviar una flota para recuperar sus anteriores posesiones en La Florida. Estos franceses en realidad no recuperaron nada, pero se dedicaron al saqueo, destrozaron todo lo que pudieron las posesiones españolas y ahorcaron a la mayoría de los soldados españoles, de los cuales sólo algunos pocos lograron salvarse, entre ellos el capitán Gonzalo de Villarroel. Los franceses consiguieron otra cosa: que el cacique Saturiba convenciera a otras tribus para sumarse en la lucha contra los españoles. Hecho esto, esos franceses regresaron a Francia.

 

 


Felipe II nombró nuevo gobernador de Cuba y todos sus territorios anejos a Pedro Menéndez. Al mismo tiempo que le ordenaba tomar preso al anterior gobernador García Osorio y lo devolviese a España para ser enjuiciado. Le entregó 200.000 ducados y le ordenó desplazarse a Sanlúcar de Barrameda para hacerse cargo de una nueva escuadra con la que partir al Caribe. Además de refuerzos, harían el viaje nuevos misioneros de diferentes órdenes religiosas (andando el tiempo, en San Agustín llegó a existir una congregación de 50 franciscanos que se dedicaban a la enseñanza de los indios y a la evangelización de los mismos). Entre los que viajaron estaba San Francisco de Borja. Era el mes de julio del año 1568.

Plano de La Habana fechado en 1567.

A pluma, con trazos a lápiz. Se aprecia ya la Plaza de Armas y el Castillo de la Real Fuerza.


Archivo General de Indias, Sevilla.

Al llegar a Cuba se enteró del desastre causado por el saqueo francés, lo que había provocado hambre, necesidades y desorden, además de que había puesto en pie de guerra a un elevado número de indios. Trabajó con intensidad, pues tuvo que organizar viajes desde Cuba a La Florida para llevar socorros a las colonias españolas, además de reforzar las guarniciones. Tuvo buen cuidado en volver a ganarse a los indios. Fundó un Seminario en La Habana con la función de servir no solo de centro de estudios sino también de instrucción para aquellos indios que decidieran abrazar la fe cristiana. Al padre Rogel, al que ya conocían los indios, lo puso al frente de la misión evangelizadora en Florida, mientras que el padre Villarreal se encargó del Seminario. Ordenó levantar la primera carta geográfica de la isla de Cuba, Florida y Bahamas. Mientras tanto no dejaba de explorar los actuales territorios de Florida, Georgia, Carolina del Sur, parte de Virginia y el canal de Bahamas, que limpió de corsarios y piratas. Ordenó la construcción de torres de vigilancia costera en diversos puntos, como Cabo Cañaveral, así como levantar algunos fuertes para asegurar la costa.


De la misma época data una de las preocupaciones náuticas de Pedro Menéndez. Es sabido que en su tiempo era relativamente sencillo para un navegante conocer su latitud pero seguía sin resolverse el problema del cálculo de la longitud (se resolvería siglos después). El Adelantado intentó aportar su grano de arena en la mejora de la estimación de la longitud con el fin de aumentar la seguridad en la navegación. Aplicó sus conocimientos y experiencia marinera inventando un instrumento del cual obtuvo un privilegio de invención y escribió una relación o método para saber lo que se camina en la dirección este-oeste.

 

Asímismo, aprovechando sus conocimientos y experiencia, diseñó y construyó un buque que él mismo llamó el Galeoncete, el cual se considera el precedente fallido de las futuras fragatas.

 

Regresó a La Habana. En la isla se dedicó a recorrer las costas y visitar las poblaciones y fuertes. Con ello no sólo conseguía conocer personalmente las colonias, sus pobladores y sus problemas, sino que al mismo tiempo buscaba nuevas ensenadas donde poder hacer más ciudades y puertos. Continuó atrayendo a muchos indios al cristianismo, con lo que aumentaba el número de pobladores de las colonias.

 

En esa época compatibilizó el cargo de Adelantado de La Florida con el de Gobernador de Cuba. No obstante, como no podía estar en dos sitios a la vez, colocó capitanes suyos en Cuba para implicarse personalmente en La Florida.

 

Aún tuvo, por aquel año de 1571, el desvelo de colaborar en la protección de las flotas de Indias, mandando galeones a escoltar los convoyes a su paso por el peligroso mar Caribe.

 

Hecho todo esto  ---que, como de todo hay en la viña del Señor, habrá quien piense que es poco---  Menéndez embarcó de nuevo hacia España. Conseguidas nuevas ayudas, volvió desde Sevilla en 1572 y al llegar a las colonias tuvo la agradable noticia de que esas diversas colonias empezaban a progresar y que se realizaban nuevos matrimonios, además de que era cada vez mayor el número de indios que se cristianizaban. También recibió malas noticias, pues unos indios habían realizado una matanza entre los misioneros. Menéndez, con un grupo de 150 hombres, los buscó, atrapando a ocho indios que fueron ejecutados. Finalmente, se pacificó la zona.

 

El Adelantado y Gobernador tenía grandes proyectos para América. Por una Cédula de 5 de marzo de 1571 se le autorizó a llevar a La Florida 100 labradores. Por otras dos Cédulas posteriores se le autorizó a llevar otros 100 de las Azores, 50 de Sevilla, 50 familias asturianas y 100 labradores portugueses.

 

Mientras sucedían estos hechos en América, en otro lugar muy distante del Caribe, cerca de la frontera cristiana del mundo conocido, tenía lugar la batalla de Lepanto (octubre de 1571).

 

 

 


Un requerimiento del rey llama a Menéndez a la Corte. Es el año 1573. Cruzó otra vez el Atlántico y se presentó en el Monasterio de El Escorial. Felipe II le explicó que le necesitaba a su lado para llevar con más conocimiento los asuntos de Indias. Para ello, nombró Consejero a Pedro Menéndez y no había asunto de Indias sobre el que el rey decidiera que no tuviera el previo informe positivo de Menéndez. El cargo de Consejero de Indias era importantísimo en España en aquella época, pues los asuntos de Indias eran prioritarios y el rey despachaba habitualmente con los consejeros de Estado, de Guerra y de Indias


Durante este tiempo concibió extender la colonización: organizó que se embarcase en Bayona a labradores, carpinteros y canteros; ambicionaba levantar un palacio en La Florida cuando el rey le dejase en libertad y pudiese regresar allí porque, decía, “ después de la salvación de mi alma, no hay cosa en este mundo que más desee que verme en La Florida, para acabar mis días salvando almas”.

 

Sin embargo, la realidad de la decisión del rey de tener al lado al de Avilés iba más lejos.

 

El 10 de febrero de 1574, Pedro Menéndez fue nombrado Capitán General de la flota que estaba preparándose en secreto para ayudar a Luis de Requesens, gobernador de los Países Bajos, a sofocar una rebelión en Flandes y controlar el Canal de la Mancha. El proyecto del que se responsabilizó al de Avilés era tan grande y formidable que Menéndez sospechó que las cosas iban más allá de sofocar una revuelta en los Países Bajos.

 

Estaba en lo cierto: esa flota, según planeaba en secreto Felipe II, sería después enviada a invadir Inglaterra. Aún faltaban años para la Empresa de Inglaterra, pero en la mente de Felipe II ya bullía la idea de invadir las islas británicas. De hecho se estaban haciendo preparativos : con fecha 20 de marzo escribe el rey a Menéndez para que facilite al capitán Diego Ortiz de Urízar 300 ducados, provisiones y un barco ligero armado, para que fuese a reconocer el estado en que se encontraba el reino de Irlanda, expedición de la que el capitán Ortiz regresó en junio informando positivamente sobre la facilidad de invadir dicho reino en el cual había, por ser católicos, muchos partidarios de una acción contra los vecinos británicos. Los católicos irlandeses estaban dispuestos a apoyar a los españoles en una guerra de esas características.

 

De hecho, las preocupaciones de Menéndez empezaba a adquirir consonancia con un vasto proyecto de guerra contra Inglaterra. Así, el 15 de marzo escribe al rey : “Muchos corsarios yngleses que la Reina envía á Irlanda, dizen se an de juntar en Gelanda con la armada del Príncipe de Orante para procurar desbaratarme ó salirme á buscar entre Dobla y Calais, si allí andubiere; y esto sé por cosa cierta, de un mercader francés que aquí vino con un navío que partió de Francia ha diez días. Dios los confundirá y dará mal suceso, y á mí Vitoria contra ellos y en servicio de Nuestro Señor y de V.M.” Y el 15 de agosto, en otra carta dirigida al monarca, escribe : “Porque es discurso de mucha substancia para conservación desta armada y amparo y defensa de los vasallos de V.M: de aquellas partes y destas, y hazer gastarse y consumirse al de Orange y la ynglesa, y animar los católicos de aquel reino y de Irlanda, para quando V.M. quisiere ampararlos, poderlo hazer; y este camino me paresce se deve llevar, y no otro”.

 

Dado que a Menéndez se le asignaba un nuevo cargo, hubo que nombrar un nuevo Capitán General de la flota de Indias que, por recomendación de Menéndez, fue Diego Florez de Valdés. Este pudo aprovechar algo que había conseguido Menéndez: que la navegación entre la península y las Indias fuera algo normal y cotidiano. Él mismo había cruzado el Atlántico en decenas de ocasiones. La península estaba bien comunicada con América siguiendo las rutas habituales. No obstante, Menéndez decidió suspender las navegaciones desde el Cantábrico a las costas de Terranova para traer sal, pues era evidente que los piratas y corsarios solían interceptar esa ruta y no solo se perdía la sal sino que los barcos capturados engrosaban las flotas piratas, además de perderse marineros españoles adiestrados en las cosas del mar.

 

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Vista de Santander a finales del siglo XVI. Grabado del Civitates Orbis Terrarum de Joris Hoefnagel (1542-1600)

Pero volvamos al momento de formar la flota de apoyo a Luis de Requesens. Gracias a las insistentes demandas de Menéndez, el rey había otorgado dinero suficiente para conseguir lo necesario, formándose una flota de alrededor de 300 barcos y 20.000 hombres. Durante los primeros días de septiembre, Felipe II hace saber a Menéndez que la situación en Flandes ha mejorado notablemente y por ello, junto con los temores al regreso de corsarios a las costas españoles, por un lado, y la próxima llegada del invierno, por otro, le ordena permanecer en Santander dispuesto a acudir a la necesidad más apremiante que surgiera.

Vista satelital de Santander en la actualidad.


Imagen de Google Maps


A estas alturas, Menéndez ya se hacía una idea de cuál sería realmente el destino oculto de la enorme flota que se le había encomendado. Por eso escribe a su sobrino, también marino y de igual nombre que él: “Para mí sería mucho contento que en recibiendo V. mrd. esta carta diese orden de venirme á ver conmigo, que sin duda tengo que el mes de Marzo ó Abril que viene me hallará en Madrid; porque aunque pase á Flandes, está tratado para que en aquel tiempo me halle allí, para que si fuere necesario acrecentar la armada de naos gruesas y galeras, lo pueda S.M. hacer, y ser tan poderoso en esta mar de Poniente, y en especial Flandes, Inglaterra y Francia, que no haya resistencia contra la armada que traxere, y lo acabaría todo de una vez”.

 

El día en que se reunió toda aquella gran escuadra hubo gran celebración, se disparó en salva, y el rugir de los cañones hizo estremecerse al puerto de Santander.   Era el 8 de septiembre de 1574.

 

Durante la celebración, Menéndez se encontró mal. Fue atendido por los médicos de la escuadra. El diagnóstico: tabardillo maligno. Así es como entonces denominaban al tifus exantemático. Su enfermedad era incurable.

 

Como la de los hombres, la suerte de las naciones depende a veces del más leve accidente. Inglaterra, que apenas contaba entonces con tres millones de habitantes, no sería acaso lo que es ahora si Menéndez no hubiera muerto inesperadamente en Santander. Parece que la Providencia significó de antemano el fin desastroso de la Empresa de Inglaterra. Se da el caso rarísimo, tal vez único en la historia de España, de que muriesen, pocos días antes de darse a la vela una temible armada, los dos marinos más grandes de su tiempo, destinados a conducirla a la victoria. Uno era Menéndez. El otro, Álvaro de Bazán.

 

 

 


Recomendaron a don Pedro que aprovechara el poco tiempo que le quedaba para hacer testamento.

 

A pesar de ser en esos momentos uno de los hombres más poderosos de España, a su muerte no tenía un maravedí. Durante su vida había vendido su herencia familiar para costearse sus barcos y marineros; durante largos períodos de su vida había dejado de cobrar sus sueldos, pagando de su peculio particular a sus soldados, además de que había contraído deudas con amigos y familiares que ayudaron a sufragar todo aquello donde la generosidad del rey no alcanzaba. En sus servicios al reino por su empresa en La Florida había perdido dos hermanos y un sobrino. Ninguno de sus familiares o amigos reclamó nada a su muerte, pues si lo hubieran hecho, Menéndez no habría podido dejar a sus herederos lo único que les dejó: la casa donde vivir.

 

Tanto es así que una de sus hijas, Catalina Menéndez, acudió al Consejo de Indias representado la muerte de su padre, sus grandes servicios y las urgentes necesidades en que se hallaba, pidiendo que, por cuenta de una libranza, se la socorriera para cumplir el testamento. El Consejo mandó librarle 1.000 ducados el 21 de junio de 1575, casi un año después de la muerte de don Pedro.

 

No bastó la ayuda pues dos meses después, en agosto de 1575, fueron embargados bienes de los herederos de Menéndez para abonar deudas aún pendientes. Es realmente penoso imaginar una legión de escribanos y alguaciles inventariando muebles u objetos domésticos ... ¡de la casa de uno de los más grandes marinos de la historia naval española, garante del dominio español en América y siempre fiel servidor del rey! ... para saldar deudas con ellos. Y todo eso antes de haber transcurrido siquiera un año desde la muerte del conquistador de La Florida.

 

Todo lo que don Pedro había ganado en su vida era el honor de haber sido nombrado Caballero de la Orden de Santiago, con la Encomienda de Santa Cruz de la Zarza (Toledo).


 

En el testamento, fechado el 15 de septiembre de 1574, se disponía, sencillamente, esto:

 

  • Para sus herederos (mujer y dos hijas), su única propiedad: la casa de Avilés.
  • Ser enterrado en su ciudad natal de Avilés, en la parroquia de San Nicolás en el lugar reservado a los entierros de su familia, al lado del Evangelio, empotrado en la pared a seis pies de altura.
  • Encima de su tumba, su deseo es que figurara el escudo que a sus ancestros les otorgó el rey Fernando III el Santo por la conquista de Sevilla en 1248. En aquella ocasión, un avilesino iba al mando de un barco cuya proa, según la tradición, portaba una sierra con la cual embistió y rompió la cadena que unía dos castillos en las márgenes del río, permitiendo así la entrada a la ciudad por el río Guadalquivir. En la otra parte, seis cuervos.

 

(Pulsar en las imágenes para ampliarlas)


 

 

A la izquierda, el escudo tallado en piedra que, cumpliendo sus últimos deseos,  se colocó sobre la tumba de Pedro Menéndez.

 

 

El motivo de barco rompiendo las cadenas del Guadalquivir se ha herededado hoy en el escudo oficial de la villa de Avilés, que vemos a la derecha.


 

Hubo muchas muestras de dolor en toda la ciudad de Santander al saberse su muerte el día 17 de septiembre de 1574. Su vida había transcurrido a lo largo de 55 intensos años. La escuadra que había reunido se deshizo porque Felipe II no disponía en ese momento de nadie en quien confiar la empresa que había previsto para esa gran flota.

 

Se cuenta que el rey quedó muy afligido, mostrando mucho dolor. El monarca le apreciaba tanto que hizo colocar su retrato en sus dependencias y lo señalaba diciendo que era el hombre que mejor le había servido.

Para cumplir su testamento, se le trasladó embarcado desde Santander, en un arca de barras de hierro con sus cerraduras.

 

Y de esta forma, encerrado en tan sencilla arca, se le trasladó embarcado, pero no fue posible entrar en Avilés debido a grandes borrascas que hubo en el Cantábrico, llegando a Llanes donde fueron depositados sus restos en la iglesia de la villa.

 

Posteriormente, en 1591, sería trasladado a la Iglesia de San Nicolás en Avilés en un arca de madera  y envuelto en el hábito de la Orden de Santiago.


Se añadió una sencilla lápida que dice así:

Iglesia de San Nicolás, en Avilés.


 

AQVI IAZE SEPVLTADO EL MVY YLVTRE CAVALLERO PEDRO MENEZ DE AVILES NATVRAL DESTA VILLA ADELANTADO DE LAS PROVINCIAS DE LA FLORIDA COMENDADOR DE SANTA CRUZ DE LA ÇARÇA DE LA ORDEN DE SANTIAGO Y CN GENAL DEL MAR OCCEANO Y DE LA ARMADA CATOLICA QUE EL SEÑOR FELIPE 2.º JVNTO EN SANTANDER CONTRA YNGLATERA EN EL AÑO 1574 DONDE FALLECIO A LOS 17 DE SETIEMBRE DEL DICHO AÑO SIENDO DE EDAD DE 55 AÑOS.


Don Aureliano Fernández-Guerra y Orbe, miembro de la Real Academia Española y de la Real Academia de la Historia, dijo de Pedro Menéndez en un discurso que  " es el mejor marino del siglo XVI, a quien España debe un monumento, la Historia un libro y las Musas un poema". (El fuero de Avilés. Discurso leído en la Real Academia Española, en el aniversario de su fundación, 1865)



 

La primera colonia que Menéndez había fundado en La Florida, hoy perteneciente a Estados Unidos, se ha convertido en una populosa ciudad que se siente orgullosa de ser el primer asentamiento europeo permanente en su país, teniendo reconocido el honor de ser la ciudad más antigua de Estados Unidos: San Agustín.

 

Debido a las obras que se realizaron en la avilesina Iglesia de San Nicolás en 1924, se construyó una nueva arca para contener los restos de don Pedro Menéndez.


Entonces el arca antigua fue cedida por el Ayuntamiento de Avilés a la ciudad de San Agustín de La Florida, a solicitud de esta, corriendo con todos los gastos un mecenas norteamericano llamado John Batterson Stetson Jr., que no solo se hizo cargo del coste del tralado sino también del de la completa restauración del arca, convertida en toda una reliquia en la ciudad norteamerica. Actualmente el ataúd, perfectamente restaurado y conservado se expone para asombro y gozo de los visitantes, en el museo dedicado a Pedro Menéndez situado en la Misión Nombre de Dios en el lugar donde también se encuentra la ermita de Nuestra Señora de la Leche y la Gran Cruz que representa el lugar donde Pedro Menéndez y los españoles que le acompañaron en su magnífica aventura de 1565 escucharon la primera misa en tierras americanas para, después, proceder a la fundación de la ciudad de San Agustín aquel, ya lejano, 28 de agosto de 1565.

 

La ciudad ha tenido una azarosa historia. Poco después de la muerte de don Pedro fue atacada por el corsario inglés Francis Drake, que quemó la mayor parte de los edificios. A pesar del ataque, la ciudad siguió en manos españolas. En 1668 el pirata inglés Robert Searle intentó, sin éxito, destruir la ciudad. Este ataque se rememora actualmente en San Agustín en una representación en la que participan parte de la población, con actores vestidos en traje de época y se realizan disparos de artillería. A raíz del ataque del pirata inglés en 1668 se decidió edificar un nuevo fuerte, el Castillo de San Marcos, que hoy día se conserva como monumento nacional de EE.UU.

 

(Pulsar en las imágenes para ampliarlas)



ARRIBA, Plano de la ciudad y puerto de San Agustín de la Florida, de Tomás López de Vargas Machuca, Madrid, 1783. (Library of Congress,USA), y Castillo de San Marcos en la actualidad.

 

IZQUIERDA, detalle del mismo mapa. Se ve claramente el Castillo de San Marcos y hacia la derecha, tras un camino que atraviesa un poblado indio, hay un castillo más pequeño, denominado Fuerte Negro. El nombre no es casual: se trata del primer asentamiento de negros libres de Norteamérica. Este fuerte, hoy día llamado Fort Mose (por el primer nombre original español, Santa Teresa de Mosé) fue establecido en 1738 por esclavos negros huídos de la colonia inglesa de Georgia. España integró a estos negros en su milicia.


 

Asimismo, hubo dos intentos de conquista británica en 1702 y 1740, pero la posición española siguió imbatida.

 

En 1704 el coronel inglés James Moore y sus aliados, los indios creek, empezaron a incendiar misiones españolas en el norte de Florida y a ejecutar a los indios que se mostraban amigables con los españoles. Fue durante esta época cuando los indios seminola empezaron a migrar hacia Florida. 

 

En 1763 pasó a manos inglesas de forma pacífica mediante el Tratado de París, pero no tardaría en regresar a manos españolas, lo que sucedió en 1781 tras la batalla de Pensacola. Finalmente, San Agustín fue vendida a EE.UU. en 1821 a cambio de cinco millones de dólares y la promesa, luego incumplida, de que se respetarían las posesiones que España todavía conservaba en Texas.

 

No obstante, San Agustín tiene muy presente la memoria de Pedro Menéndez, quien goza de un monumento ante el City Hall de la ciudad en la cual es frecuente ver ondear la bandera de la cruz de Borgoña.


 

Por razones de espacio se ha añadido una GALERÍA FOTOGRÁFICA DE SAN AGUSTÍN en sección aparte de esta página web. Considero que merece realmente la pena contemplar dicha galería. En ella veremos, por este orden, imágenes del Castillo de San Marcos, el monumento a Pedro Menéndez ante el City Hall y diversas imágenes de la ciudad (que conserva un casco antiguo con cierto aire colonial encantador). La última imagen de la galería es la Capilla de la Leche, levantada en el lugar donde se realizó la primera misa el 28 de agosto de 1565.

 

 

Se dijo anteriormente que don Aureliano Fernández-Guerra, en 1865, señaló en un discurso que Menéndez era digno de un monumento. Quizá sus palabras fueron la espoleta que inició un proyecto de monumento en su ciudad natal. El proyecto se llevó a cabo en 1917. Se levantó en el Parque del Muelle de la villa asturiana y fue inaugurado el 23 de agosto de 1918.  La estatua es de bronce. En el pedestal hay unas placas. En la placa delantera se lee:

 

A / PEDRO MENENDEZ / DE AVILES / 1519 - 1574 / CABALLERO DEL HABITO DE SANTIAGO / CAPITAN GENERAL DEL MAR OCEANO / ADELANTADO Y CONQUISTADOR / DE LA FLORIDA / DONDE FUNDO LA CIUDAD DE SAN AGUSTIN / EN EL AÑO DE 1565


En la placa trasera:

 

MODELO DE CABALLEROS / Y / PATRIOTAS / SU PUEBLO Y LA PATRIA / AGRADECIDOS / LE CONSAGRAN ESTE RECUERDO / AÑO 1917

 

En los laterales se ve un velero desde la proa en un lado del pedestal y desde la popa al otro lado.

 

El monumento fue restaurado el año 2007.



 

 

 

Diversas vistas del monumento a don Pedro Menéndez en el Parque del Muelle, en Avilés. A la derecha de estas líneas, imagen del monumento existente en San Agustín de la Florida, casi idéntico al levantado en la villa asturiana, que vemos a la izquierda. No es algo que haya investigado quien esto escribe pero es evidente que el monumendo de Avilés sirvió de modelo, siendo una copia el existente en la ciudad norteamericana.


 

La memoria de Menéndez está hoy día presente entre los vecinos de su ciudad natal, que tiene a gala llamarse “Villa del Adelantado”.

 

Sin embargo, saliendo de Avilés,  ¿son muchos quienes le conocen en España?

 

Don Pedro forma parte de esa masa de marinos que pasan por ser desconocidos para la inmensa mayoría de españoles. Es incomprensible que su nombre permanezca en el olvido siendo como fue gran marino, pesadilla de piratas, azote de corsarios, conquistador de La Florida, Gobernador de Cuba, Consejero Real, incansable y siempre fiel servidor del Reino y fundador de la ciudad de San Agustín, primer asentamiento definitivo español en La Florida.

 

Ese fue don Pedro Menéndez ,  el de Avilés.

 


 

Nunca encontró a su hijo.

 

 

 

 

 

 

 

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Comentarios: 13

  • #1

    Javier (martes, 02 abril 2013 16:57)

    He leido el articulo entero, me parece un gran trabajo de divulgacion. Enhorabuena.

  • #2

    Tiburcio de Redín y Cruzat (viernes, 27 diciembre 2013 09:59)

    Por motivos que no vienen al caso, he leído mucha Historia, libros, artículos, ponencias, conferencias, seminarios y un largo etcétera…,
    Yo siempre he dividido las lecturas en dos grandes grupos.
    1 Aquellas obras de una gran fidelidad y con gran rigor histórico y que se convertían en una lectura árida y desangelada salvo para los 4 locos interesados por el tema en cuestión.
    2 Aquellas obras que con el objetivo de amenizar la lectura y atraer el mayor número posible de lectores acababan perdiendo el necesario rigor, cayendo en una especie de novela histórica.

    Pues ahora por fin tenemos la fusión de ambos grandes grupos, una obra en la que la fidelidad a los hechos, la búsqueda de fuentes primarias y la contextualización no está reñida con la escritura fluida que facilita la lectura.
    Con ello se logra que en lugar de reducir el número de posibles lectores al grupo estricto de interesados en el tema en concreto, lo amplia hasta conseguir interesar a legos en la materia.

  • #3

    singladuras (jueves, 02 enero 2014 11:10)

    Mi mayor agradecimiento a quienes leen y a quienes, además, dejan aquí un comentario.

    En el caso de D. Tiburcio debo decir que es una de los comentarios más emotivos que hay a lo largo de toda página web. Libremente comparto en internet estos artículos y todos aquellos que gusten del tema de historia naval tienen aquí un espacio para la lectura. Pero si, además, se consigue que alguien de aquellos que desconocen nuestro inmenso patrimonio naval se interese por este tema, la página habrá conseguido un éxito.

    Palabras como las de D. Tiburcio me animan enormemente a continuar.

    Sinceramente, muchas gracias.

  • #4

    Jose Antonio Rodriguez Menendez (miércoles, 26 marzo 2014 05:17)

    Lo felicito por un articulo excelente sobre Pedro Menendez de Aviles, Alonso de la Campa. Soy descendiente de los Menendez Valdes (el verdadero apellido de Pedro) y de los Suarez Solis--el verdadero apellido del trunco de la Casa de Solis. Maria Solis de Cascos, la primahermana y esposa de Pedro fue nieta de Boyso Suarez Solis--el Senor de la Casa de Solis. Mi arbol genealogico comparte 19 apellidos con el arbol "official" de los "Menendez de Aviles" que aparece en la obra de Ciriaco Miguel Vigil.

  • #5

    singladuras (miércoles, 26 marzo 2014 08:06)

    Señor Rodríguez Menéndez: me siento muy agradecido tanto de sus palabras elogiosas como de haber añadido información sobre la familia del Adelantado. Para mí, además, es un honor contactar con uno de sus descendientes. Tiene usted mi correo electrónico en esta página, así como mi perfil en redes sociales, para lo que guste.
    Un cordial saludo.

  • #6

    Juan Manuel Gómez (sábado, 29 marzo 2014 00:08)

    Ante el alto nivel de los comentarios, no puedo más que reiterarme en lo dicho por los que antes que yo han dejado su impresión.
    Muchas gracias por su magistral trabajo. Creo necesario, divulgarlo a través de mi humilde blog y red social del Imperio Español (@elimperioespana) para que llegue al máximo número de personas.
    Me hace muy feliz descubir personas que luchan por defender el pabellón español, enarbolando a los héroes y valientes que nuestro reino ha dado.
    Un cordial saludo

  • #7

    singladuras (sábado, 29 marzo 2014 00:17)

    No se preocupe, señor J.M. Gómez, por el nivel del comentario. En esta página, lo que se agradece por encima de cualquier otra consideración es el respeto y el interés por estos temas de historia naval por parte de todos los que la visiten, además de la propia vsita. Y si son personas que dejan palabras como las suyas sobra decir que siempre son bienvenidas. Por supuesto, puede usted divulgarlo en su blog.
    Un cordial saludo.

  • #8

    Miguel García (miércoles, 30 abril 2014 09:53)

    Lo felicito por un articulo excelente sobre Pedro Menendez de Aviles. Me declaro desconocedor del personaje más allá de s papel en la conquista de Florida. Dado que soy coleccionista de sellos e historia postal, he tenido interés en buscar algo sobre Menéndez Valdés y he llegado hasta su página que me ha enganchado. Gracias a los sellos estoy redescubriendo la historia de marinos ilustres como: Elcano, Blas de Lezo, Pizarro, Isaac Peral y de otro muchos personajes que participaron en la conquista de América.

    Atentamente, muchas gracias.
    Miguel García

  • #9

    singladuras (miércoles, 30 abril 2014 11:23)

    Muchas gracias por su visita y sus palabras, señor Miguel García. Pedro Menéndez, como queda dicho al final del artículo, pertenece a esa gran masa de marinos desconocidos para la mayoría de españoles, prueba palpable de la desmemoria histórica española.

    Me enorgullece que mi página le haya enganchado y espero que le sea útil.

    De Blas de Lezo puede usted leer la biografía en esta página web así como, en íntima relación, toda la sección dedicada a la Guerra del Asiento. De Isaac Peral dudo que aparezca aquí un artículo pues este marino pertenece a una época de la que no tengo muchos conocimientos (soy más de navíos de vela) pero, sin ninguna duda, es uno de los personajes que con todo merecimiento deben figurar en los anales de la historia naval española.

    Por último, decirle que es muy reconfortante tener lectores tan atentos. Un cordial saludo.

  • #10

    alfredo figueiras (martes, 22 julio 2014 21:28)

    Magnífico artículo sobre el avilesino más notable que nos llena de orgullo a todos sus paisanos.
    Efectivamente el monumento en bronce que se levanta en la plaza del ayuntamiento de San Agustín, es una réplica del de Avilés. Creo que fue en 1972 cuando el alcalde Suárez del Villar se lo entregó como regalo de los avilesinos al pueblo de San Agustín.
    Muchas gracias

  • #11

    singladuras (sábado, 16 agosto 2014 00:37)

    Gracias a usted, señor Alfredo Figueiras. No sólo por su visita sino también por aportar ese dato sobre la estatua sita en San Agustín.

  • #12

    Diógenes de la Cueva (domingo, 31 agosto 2014 17:25)

    QUERIDO DON JOSÉ:

    PODRÍA DECIR DE SU SOBERBIA ENTRADA QUE ESTÁ ESPLÉNDIDAMENTE REDACTADA, DOCUMENTADA Y ORGANIZADA. PODRÍA ALABAR SU LABOR DE DIVULGADOR DE NUESTRA HISTORIA, REALIZADA CON UNA MAESTRÍA DIGNA DE TODO ENCOMIO. NO MENTIRÍA. PERO ME QUEDARÍA CORTO. SU RELATO ME HA EMOCIONADO. DEBO CONFESAR MI DEPLORABLE IGNORANCIA: NO CONOCÍA A DON PEDRO MENÉNDEZ. ¿QUÉ LE OCURRE A ESTE PAÍS ENVIDIOSO E INGRATO QUE SEPULTA EN EL OLVIDO LA MEMORIA DE SUS GRANDES HOMBRES? EL GRAN MARINO DE AVILÉS, DIGNO DE TENER A UN PLUTARCO QUE CANTARA SUS GESTAS, ES OTRO DE ESOS HOMÉRICOS ESPAÑOLES QUE PASMARON AL MUNDO CON SU VALOR E INTELIGENCIA AL SERVICIO DE UNA PATRIA QUE LOS MALTRATÓ Y, LUEGO, OLVIDÓ (CON LA NOTABLE EXCEPCIÓN DE FELIPE II). ¡AY, DIOS! NO ME ESTRAÑA QUE CON ESE MAL ENDÉMICO DEL LA SOBERBIA Y LA ENVIDIA HAYAMOS DEGENERADO DE DON PEDRO MENÉNDEZ A PABLO IGLESIAS,
    ¡QUÉ HOMBRE! HE QUEDADO MARAVILLADO CON LA RELACIÓN DE SUS HECHOS DE GUERRA. Y QUÉ HUMILDAD Y DESINTERÉS; QUÉ FE Y QUÉ HONOR; QUÉ AMOR A LA NOBLE GLORIA Y A SU REY Y A SU PATRIA. Y LUEGO LOS MEZQUINOS GUSANOS, INCAPACES EN SU VILEZA DE COMPRENDER A ESTAS ÁGUILAS SOLITARIAS, VAN DICIENDO QUE A LOS CONQUISTADORES SÓLO LES MOVÍA EL AFAN DE RIQUEZAS. POBRES ALMAS VULGARES. CREE EL LADRÓN...
    BIEN ES CIERTO QUE LA HISTORIA LE DEBE MUCHO A TAN INSIGNE MARINO. YA TIENE SU MONUMENTO; IMAGINO QUE HABRÁ LIBROS SOBRE ÉL. ¿LAS MUSAS LE HAN OTORGADO SUS CARICIAS? DE NO SER SÍ, ESTE HUMILDE VATE SE COMPROMETE A HACERLO. SÉ QUE SOY UN INDIGNO POETASTRO SIN OFICIO NI BENEFICIO, Y CUYOS VERSOS SERÍAN ANTES OFENSA A LA MEMORIA DE DON PEDRO QUE JUSTO HOMENAJE. NO OBSTANTE, SIENTO EL DESEO, CASI LA NECESIDAD, DE COMPONERLE UNOS VERSOS. AL MENOS, LAS MUSAS, AUNQUE HUMILDES, LE HABRÁN CONCEDIDO UN TRIBUTO MÁS QUE MERECIDO. AL MENOS TENDRÁ UN SONETO DEDICADO A SU GRANDEZA.
    UN FUERTE ABRAZO, AMIGO DON JOSÉ, Y MUCHAS GRACIAS POR ILUSTRARNOS Y RECREARNOS CON SU SABIDURÍA.

    SIC TRANSIT GLORIA MUNDI

    M...

  • #13

    Diógenes de la Cueva (domingo, 31 agosto 2014 19:56)

    AÑADO:

    CREO, AMIGO MÍO, QUE LE INTERESARÁ LEER ESTE ARTÍCULO DE ABC, AUNQUE SEGURO QUE LO CONOCE, Y EN EL QUE SE LE CITA CON JUSTO ELOGIO: http://www.abc.es/cultura/libros/20130817/abci-pedro-menendez-aviles-heroe-201308161624.html
    POR CIERTO, MI INDIGNO SONETO SIGUE ADELANTE. SI DIOS QUIERE, EN BREVE LA CAVERNA SE ILUMINARÁ...


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